Testigo del rencor
   
Testigo del rencor.

 

Llevaba buscando toda mi vida un lugar donde al fin pudiera reposar en paz, libre de las preocupaciones, de las responsabilidades que se habían precipitado sobre mí de un modo que aún no logro comprender del todo; y así, deambulé por las variadas geografías de mis recuerdos, a lo largo de demasiadas ciudades y rostros que apenas significan ya nada, aunque en un pasado algo remoto en la memoria, fueron el único escenario que me mantuvo en el arduo sendero de la cordura. Contemplar como seres (sin duda válidos) se derrumbaban bajo el peso de las drogas, el alcohol, los variados vicios que ofrece la ciudad moderna, me instó a no dejarme arrastrar al fango que orna las calles de despojos humanos, apenas reconocibles bajo la pátina de desaliento que les oprime el alma, y creí en mi ingenuidad, que cada uno es dueño absoluto de su destino, que la voluntad es capaz de forjar el futuro, de diseñar esperanzas plausibles...

 

Me equivoqué.

 

Ahora reconozco asombrado el poder de la sociedad que nos moldea, aniquilando nuestras ambiciones, nuestros sueños y deseos, que nos hace ser un simple engranaje más en la fastuosa factoría que hemos dado en llamar civilización occidental, pletórica de avances tecnológicos y milagros médicos; una civilización que agoniza por la excesiva población del planeta y que, sin embargo, parece empeñada en que alarguemos nuestra vida más allá de lo razonable, mientras que las tres cuartas partes de la humanidad se debate entre el hambre y la sed, entre la guerra y las pandemias varias que les azotan...  

 

Y tras esto, me recuerdo asimismo, que nadie renuncia a su parte del pastel; que somos enanos prepotentes aupados en la miseria de quienes padecen los males de la supervivencia, de quienes ven morir a sus hijos de inanición, de quienes son masacrados en los altares de la pureza racial o étnica; mientras, nosotros, los herederos privilegiados del destino, envenenamos aires, mares y tierras, debatiéndonos asombrados en la complejidad de la vida de los tiempos que corren, precipitándonos absortos en el abismo de un futuro de seres aislados por el miedo, deprimidos por su impotencia, reos de sus propiedades y lujos.

 

Sin embargo, quiero ser optimista, y pensar que esto no es más que una crisis de adolescencia de la humanidad, algo que pronto superaremos y que, tal vez mañana, despertaremos en un mundo más solidario y culto, en una sociedad más justa, más generosa y sabia, que encauce nuestros anhelos a la búsqueda de la alegría de ser felices y no hacia la mera acumulación de bienes... si, quizá logremos sobrevivir.

 

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