|
Si en el
acervo cultural de los pueblos buscamos algún rastro de tolerancia sin
cortapisas ni moralidades sometidas a filosofías mas o menos sospechosas
de intereses particulares, tropezamos con la teosofía del TAO, un
intrincado sistema de pensamiento del que resulta francamente arduo
hablar.
Manifestando en primer lugar las profundas limitaciones intelectuales y de
otro orden a las que, lamentablemente, estoy sometido, considero que el
símbolo del “Yin-Yang” representa de un modo inefable la cualidad
universal y enriquecedora del mestizaje de los opuestos, su íntima
interdependencia para conformar un “Todo” en el que nada es ajeno ni
existen primacías de ningún género, ya que cualquier pensamiento, acción o
intención lleva en sí mismo el germen de su opuesto que, a su vez, le
provee de la identidad que reclama como propia: es difícil definir la luz
sin nombrar la oscuridad, el bien sin noción del mal, lo masculino sin el
complemento de lo femenino.
Para no
extenderme y no hacer demasiado evidente mi vasta ignorancia, remito a
quien se sienta interesado por el tema a la lectura y gozo del “Tao Te
Ching”, obra atribuida por consenso a Lao Tsé (o Lao Tzu), pensador chino
del siglo VI a.C., y que aglutina los aforismos más emblemáticos de este
sistema de filosofía vital y sorprendente: de muestra, el capítulo 75.
“El pueblo tiene hambre
porque los monarcas exigen demasiados impuestos.
Por esto tiene hambre.
El pueblo se rebela
porque el monarca actúa demasiado.
Por esto se rebela.
El pueblo no teme a la muerte
porque vive con dificultad.
Por esto no teme a la muerte.
Quien vive con mucha dificultad
no puede estimar la vida.”
|