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El sol se halla en ese punto inconcreto en el que las sombras no son
sino quimeras de un pasado que se adivina lejano.
En el centro del mar, una barquichuela de precario diseño.
Alrededor, una sucesión interminable de olas sin identidad.
En la barca, un hombre, y junto a él una mujer –apenas una
niña– que se duele de sed, que se lamenta de su destino; su abultada
cintura indica un embarazo terminal. En torno a ellos solo agua salada.
Son muchas las horas que llevan a la deriva en el bote.
Demasiado tiempo ha pasado desde que el guía que pilotaba
la Zodiac, con la excusa de que el ruido del motor podía alertar las
patrullas, les había dejado en aquella barca que habían remolcado durante
toda la travesía. Hubo gritos y amenazas, brilló un cuchillo.... penosos
desencuentros que fueron resueltos con algunos eficaces golpes de garrote
manejado con rutinaria precisión.
El hombre se palpa la nuca con cuidado: aun le duele.
— Tranquila, ya verás como todo sale bien, ya verás.
Pronto habremos llegado y todo saldrá bien, seguro. No te preocupes, tu
tranquila, tranquila mi niña, tranquila...
La chica gime de nuevo, retorciéndose el vestido con las
manos, presa de un sufrimiento que se clava en la pupila del hombre y le
provoca una repentina necesidad de pestañear, en un intento inconsciente
de escudar los ojos tras los párpados, queriendo huir de aquella situación
que no logra asumir como real; cuanto más lo piensa más le parece estar
sumergido en una pesadilla horrenda y desquiciada, mientras la extraña
sensación de ser un juguete en manos del destino se aferra a su pecho
dificultándole la respiración, ahogándole.
— Tranquila preciosa, tranquila, todo irá bien, todo bien,
si.... así, tranquila, si...
Mientras murmura, monótono, la observa, sintiendo como una
honda tristeza le invade. No tendrá más allá de 15 o 16 años y ahí está,
jugándose la vida, empeñada en un todo o nada cruel, a solas con su
padecer de hembra sana, sin otro consuelo que una salmodia apenas
coherente que, sin embargo, ella parece agradecer y en su rostro se esboza
la sombra de una sonrisa. Él la sonríe a su vez y una profunda admiración
se transluce en la expresión de su cara.
— Eres muy valiente ¿sabes?, jamás he conocido a nadie tan
valiente como tu. Estoy seguro de que el padre de tu hijo estaría muy
orgulloso de ti si pudiera verte... He oído decir a los ancianos de mi
aldea, que los que mueren enamorados no desaparecen así como así, sino que
se quedan habitando el viento, para cuidar a quienes amaron en vida, y si
eso es cierto, estoy convencido de que por aquí, en algún sitio que no
podemos adivinar, él te está mirando y se siente el ser más privilegiado
de la creación por el hecho de estar en tus plegarias, de haberte
conocido... si, muy orgulloso debe de sentirse, y con razón...
El acompañante de la chica y que parecía ser su marido, un chaval de
ojos asombrados y manos enormes, fue de los que más y más alto protestaron
cuando les quisieron cambiar de embarcación, pero no supo esquivar el
primer golpe y se derrumbó, como un pelele hueco, con sus grandes ojos
vidriosos mirando el cielo, mientras una mancha de sangre crecía bajo su
cabeza. Al ver aquello la chica se desmayó y prácticamente cayó en sus
brazos, así que fue el encargado de subirla a la barca... Lo siguiente que
recuerda es el sol y la sed, un horizonte circular y hostil, los quejidos
de la muchacha.
Los dolores del parto empezaron hace varias horas y su piel
azabache está perlada de sudor. El hombre se mira las manos, impotente
para prestar la ayuda que sin duda necesita la parturienta, mientras con
un gesto de infinita ternura, acaricia la frente de su compañera que
arde...
Él recuerda que allá, en su tierra, las mujeres alumbran a sus hijos en
soledad, como marca la tradición de su etnia: jamás ha presenciado un
parto, no sabe que hacer; interminablemente acaricia el rostro de la
mujer, como si ese acto conjurara el dolor, el miedo... Poco a poco, los
gemidos se amplifican y el llanto brota de sus ojos... más agua.
— No llores preciosa, tranquila, todo saldrá bien. Verás, en mi
aldea están naciendo niños continuamente y siempre sale bien, de
maravilla. Luego, por la noche, nos juntamos todos y hacemos una gran
fiesta para celebrar el alma limpia que nos regala la suerte... y contamos
historias... y bailamos... siempre sale bien...
(La inmensidad que les rodea les observa, reflejando el
brillo de un sol despiadado. La barca se balancea, multiplicando a cada
instante el milagro de su flotar.)
El hombre se pasa la lengua sobre los labios agrietados y
mira la cantimplora agotada, mientras piensa que daría lo que fuese por
poder ofrecer algo de beber a aquella chica que se retuerce y llora,
porque está pariendo y no hay nadie que la ayude; tiene las piernas
abiertas y entre ellas asoma ya la cabeza de una criatura que no tendrá
suerte. Él trata de consolarla pero no sabe qué decir, ni siquiera conoce
su nombre. Solo son dos desconocidos embarcados en la misma patera maldita
que prometió llevarles al paraíso del trabajo, a la abundancia que les era
negada en su tierra, a la que los ricos llaman sur: un infierno poblado de
guerras, pobreza, hambre, enfermedades, ignorancia, violencia y miedo.
Ya está fuera casi toda la cabeza y mientras la toma entre
sus manos encallecidas, siente a través de las palmas un estremecimiento
de vida que resultaría grotesco si no fuera porque es real, dolorosamente
real.
(En el cielo, el sol parece haberse detenido a contemplar
lo que ocurre en la callada intimidad de la nada. Una nada rodeada de
agua, que sin embargo es el centro del Universo.)
— ¡Lo has conseguido!, ¿lo ves?, ya está aquí y... ¡ah,
es precioso!, es tu hijo y mira, se mueve, está bien... todo ha salido
bien, ¿lo ves? Estaba seguro de que lo harías bien, porque eres joven y
fuerte, si, y muy valiente, tanto como pueda serlo cualquiera... Ha sido
increíble, increíble...
Los gemidos se han detenido. El hombre mira entre sus manos
recias y callosas la incipiente vida que se debate en su esfuerzo por
respirar y, como en un espasmo, la acuna contra su pecho. También observa
a la madre desvanecida; contempla el chorro de sangre que le nace de entre
las piernas abiertas aún, roja savia que se derrama por el fondo de la
barca y se mezcla con los líquidos del parto; sabe que la mujer está
muriendo ante sus ojos arrasados de lágrimas, bajo un sol indiferente,
sobre un mar inmenso, eterno, en una barquichuela a la deriva. Mientras,
él, con el bebé contra su pecho, con el alma inundada de una congoja
infinita, tiernamente besa la cabecita de ese ser diminuto e inocente, al
que su madre quiso proveer de un futuro... condenándole a morir olvidado
por todos.
— No te puedes morir, no te mueras, por favor... Yo no
sabría cuidar de él. Tienes que ser fuerte... A partir de ahora las cosas
irán mejor, ya verás, mucho mejor... Dicen que los niños al nacer traen
suerte para todos los que aún saben soñar... ¿tú sabes soñar? ¿si?...
¿niña?, niña, no te vayas, no me dejes solo, por favor, solo no... no te
mueras...
(El sol ha ido cayendo y ya se oculta tras un horizonte de
agua, agua de mar, mar de la desesperación.)
Entre los brazos del hombre, el bebé se agita, sin fuerzas
para llorar: tiene hambre. Él le acuna torpe y ensimismado, el cerebro
aturdido por las privaciones, maldiciendo en voz baja al destino, a la
injusticia, a cuantos dioses conoce, al traficante de ilusiones que les
vendió un billete hacia la muerte más horrenda que se pueda imaginar,
muerte de sed, preso del agua.
El bebé ya no se mueve. Quizá duerme; tal vez, ojalá, haya
muerto.
En el cielo brillan lejanas estrellas ajenas al dolor de
los desposeídos.
El hombre sueña.
En el sueño, su esposa (¡tan lejana!) le sonríe y besa al
despedirse para ir a los campos de mijo.
En sus brazos, el bebé agoniza.
(En el mar, reflejos de luna, ecos de soledad...)
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