|
Otra vez,
para mi pesar, caía la noche en la ciudad.
Una noche sin
la esperanza de que ella vuelva del trabajo, ojos cansados, sonrisa
triste, con el bolso colgando del hombro como un talismán del que no había
sabido desprenderse jamás, siempre presente, balanceándose al extremo de
su bandolera de cuero y que pese a los sucesivos relevos del objeto en sí,
siempre parecía el mismo.
– Comprenderás
que si es el modelo que me gusta no voy a cambiarlo simplemente porque a
ti te parezcan siempre iguales. Así te resultará más fácil encontrarlo
cuando te lo pida... además de que te ahorras pensar...
Siempre había
sido algo borde, si, pero a mi me tenía hechizado. Desde que la vi por
primera vez gritándole a aquél tipo del autobús, supe que algo especial
nos habría de unir de un modo del que quizá nos llegaríamos a arrepentir,
absorbidos el uno en el otro y, por mi parte, absolutamente víctima de una
especie de bilocación absurda, una dependencia simbiótica que me hacía
parecer más un yonki que un enamorado de esos que tanto abundan; parecerá
ridículo, pero realmente la necesitaba a mi lado para poder respirar sin
quemarme los pulmones con una sensación de desconcierto que me hacía
parecer mucho más ridículo de lo que realmente me merezco... creo.
Es curioso como
el tiempo transcurre, interminablemente sucede, sin sentirse afectado por
lo que ocurre, por lo que se aloja en su interior en el marco de dos
instantes de fugacidad; le es indiferente que el día sea de matanzas o de
placer pues otro le sucederá sin tregua, con la perfecta indiferencia y
distanciamiento que exhibe esta noche en que ella no volverá del trabajo
como cada día, sino que se retrasa interminablemente mientras yo contemplo
sobre la pared las sombras que dibujan las luces de la ciudad que entran
por la ventana del salón (intermitente neón azul-rojo-amarillo,
azul-rojo-amarillo...), sabiendo que no llegará pues esta mañana no salió
hacia su trabajo como cada día sino que permaneció a mi lado, en la cama,
callada y quieta como un sueño silencioso y perfecto, callada si, al fin
callada y presente, sin quejas, sin bolso de bandolera, sin agrios
comentarios...
Pero la noche
llega y me siento solo y hueco.
El tiempo se
desgrana tejiendo enseñanzas y ahora sé que no debí matarla, pues la
emoción del momento no ha compensado su ausencia.
|