Islas
   
Islas.

 

“Todos somos islas inmersos en un piélago de pesadumbres y temores, de arrepentimientos vanos, de instintos soeces”. Reconocí que, como esquela, era francamente original y de una elegancia más que dudosa.

 

Apuré el café que, como cada mañana, me estaba tomando en el bar de la esquina de la calle en la que vivo, mientras recordaba el extraño sentido del humor que siempre había cultivado mi amigo Juan, mal llamado el Grillo por sus escasos aunque fieles asistentes a las fiestas privadas que cada nueve de Septiembre se empeñaba en celebrar en su casa. Era un piso fantástico, lleno de muebles que él mismo había diseñado y construido, y que exhibían una estética sorprendente, vagamente orgánica pero, aún así, terriblemente funcionales y adaptados a sus escasas aunque preciadas posesiones que, probablemente, solo tenían valor para él. A mi me gustaba particularmente un busto de arcilla que, según el Grillo, había sido comprado en un mercadillo de Nairobi (extremo del que siempre dudé), y que representaba un ser andrógino e inquietante, de mirada turbia y facciones atractivas; lo tenía colocado en una esquina del salón, iluminado por un foco halógeno que proyectaba unas sombras duras que contribuían a realzar su sorprendente y vacua expresión de ominosa advertencia.

 

Con todo, lo mejor de las propiedades del Grillo eran los libros. Los tenía a cientos, quizá a miles. De todos los tipos, tamaños y temas. Estupenda biblioteca la del Grillo, si señor.

 

Durante sus fiestas, y mientras los demás charlábamos de lo que fuera, él se aislaba en su sillón (una butaca antigua, de tapizado inmundo por lo sucio), y se dedicaba a leer y observar como nos emborrachábamos con lo mejor de su abundante colección de vinos y licores varios. De tanto en cuanto, levantaba la vista de su lectura y nos dedicaba una sonrisa que tal vez fuera cruel, pero que yo siempre supe era amarga y desdichada, una sonrisa que surgía de sus recuerdos que jamás compartió con nadie. Lo cierto es que el pasado del Grillo fue un misterio para todos y nadie duda de que debió de llevar una vida sorprendente por su plenitud y acontecimientos. Conocía prácticamente todos los sitios de los que quisieras hablarle y nunca le sorprendí en un error o indecisión en sus declaraciones sobre bares, hoteles, restaurantes o prostíbulos.

 

Ahora, el Grillo, al parecer ha muerto, y en mi alma siento que algo de mí ha desaparecido al mismo tiempo. El Grillo era mi amigo, el único que tuve, y siento que, si alguna vez realmente fuimos islas, hoy el mar que nos circunda y separa, se ha hecho más profundo ante mí y más tenebrosos los miedos que, en su profunda oscuridad, anidan callados, a la espera de surgir cualquier noche, para poblar mis sueños.

 

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