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La insolencia
de los argumentos y opiniones que aquí se describen, no se deben a los
sueños nublados que provocan los narcóticos, ni a los accesos de autismo
(más o menos angustiosos según la ocasión) que a veces me alteran la
agenda y que provocan a menudo el escarnio pueril de los adaptados, de
esos seres que deambulan hacia su muerte cegados por el ansia de la
propiedad, por lograr la aceptación de otros, paradigma, supongo, de la
adaptación pueril.
Muy al
contrario, yo he optado por la contemplación del escenario y de vuestra
magnifica actuación –inabarcable “première” que os agradezco en el alma–
mientras distraigo el tiempo en lo que realmente es el objetivo de mi
vida: averiguar que hay de cierto en los rumores que hablan de una nueva
existencia tras la muerte, de un renacer capcioso, de que otra amarga
experiencia de relaciones personales nos será impuesta por el Rey del
Cielo, veleidosa deidad, amo sin misericordia; amo saturnal y caprichoso,
que en su torpe ansiedad de dominio no contempla otros pareceres,
alternativas introspectivas que no admiten su tutela, vacaciones autistas
de “lo real”, tan vano, tan hueco.
Y yo, hoy,
harto de todo, hastiado de cortesías sociales, he decidido plantear mis
objeciones, mis angustias, para que nada quede en el tintero de la memoria
y del sentir, para que la impotencia de mi condición humana no me lastre
el alma. Por eso, afirmo que el sufrimiento no es redención, que la
humillación no es humildad, que el egoísmo no es ambición, que no hay más
bien que la vida, que ni miseria ni poder son motivo de orgullo sino causa
infame de llanto, hambre y abusos. Creo, si, en la indecencia de alimentar
animales de compañía de inquietante valor y peligrosidad, al tiempo que
centenares de miles de niños mueren de sed ¡si, de sed!, mientras
nosotros, los privilegiados herederos de la superstición social del
aparentar, lamentamos indignados los resultados de un juego de pelota...
Admito que, tal
vez, no tengo perspectiva de la situación global, ni de sus matices, ni de
la complejidad de las improbables soluciones, pero siento que las lágrimas
de cualquier niño nos salpica de lodo más de lo que limpia una confesión
de culpas al oído voraz del dispensador de alivio y perdón sublime.
La vergüenza
propia y ajena me han vencido; mi tiempo se acaba porque yo le pongo fin.
Es mi deseo que
nadie turbe mi muerte ni mi cadáver, para que el tiempo se deslice sobre
él tan dulcemente como lo hizo en mi locura, para que no se recuerde que
yo, como todos, pisoteé flores e ilusiones, que fui humano... y que me
arrepentí.
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