El valle
   
El valle de cristal.

 

Cuentan que hubo una vez un caballero que nunca tuvo la oportunidad de mostrar su valor en combate. Y no es que fuera menguado de valor (del que estaba sobradamente abastecido), sino que pesaba sobre él una extraña maldición, pues el destino dispuso que naciera en la Torre de Urz.

Era éste un mítico lugar.

La Torre, desafiante baluarte de inmemoriales muros, se alzaba solitaria en el centro de una copa de cristal de formidable tamaño y de una dureza inabarcable para nuestro esforzado caballero que intentó romperla a espadazos, pedradas, maldiciones... pero siempre en vano. Así que trató de trepar por aquella superficie pulida y que, progresivamente, se hacia más vertical... hasta desfallecer su vigor por las incontables veces que, impotente, resbalaba, agarrado a su escudo y a su espada. Patinaba su armadura sobre el cristal con un chirrido estridente que provocaba que su valiente alma de esforzado héroe en ciernes, sufriera la humillación de la impotencia, el amargo sabor del fracaso y es fama que, en ocasiones, lágrimas de frustración rodaron por sus mejillas para empapar sus barbas hirsutas.

Y así transcurrieron tiempos de pesares, envueltos todos en una danza laberíntica y especular: la enorme copa de cristal estrechamente abrazada a su dureza arquetípica, la Torre de Urz infinitamente rodeada por su reflejo circular y el caballero confinado en su armadura incómoda e inútil, agarrado a su espada (patético falo), contemplando desolado el blasón de su escudo, mientras en su mente fantasmas de hechos gloriosos desfilaban hacia los infiernos  que albergan lo que no sucederá.

Paulatinamente languidecieron sus ímpetus, mientras sus ojos adquirían un brillo demente, sus oídos atronados por los ecos cristalinos y eternos de las maldiciones aulladas en el pasado que aún habitaban el espacio absurdo en el que era preso.

Y allí murió, en la Torre de Urz, mítico reino de cristal.

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