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Baldomero Blancaflor sabía que su nombre era una putada.
Lo había tenido claro desde muy crio y aquello le había
marcado el carácter para siempre. Un muchacho que prometía ser simpático y
alegre se convirtió, con el paso de los años, en un ser retraído, huraño y
acechado por el temor de que su nombre se conociera. Así, de chaval
prefirió llamarse Waldo, pero a los 38 años que tenía ahora solían
llamarle señor Blancaflor,... y sonaba a cachondeo.
Como digo, Baldomero no tenía una gran vida social y la
aparición en su vida del ordenador fue... cataclísmica. Bueno, el
ordenador no, fue más bien Internet. ¡Oh!, aquello era increíble, la
tecnología, el clic, la cosa... ¡y los nicks!... ahora podría llamarse
como quisiese... y se puso a pensar el apodo que mejor definiría, a su
entender, el diamante en bruto que atesoraba su corazón.
Lo primero que se le ocurrió fue algo sonoro y de alcurnia,
algo como... Lanzarote, por ejemplo. Lo tecleó y esperó la confirmación de
su mueva identidad.
“Ese nick ya ha sido registrado.
Por favor, elija otro.
Aceptar”
... ¿Cómo que aceptar?... Baldomero no salía de su asombro:
Lanzarote ya estaba registrado... vaya putada. ... no habría más remedio
que ser originales...
Aquello era un reto de ingenio y Baldomero se puso manos a
la obra con un entusiasmo contagioso que fue decayendo, poco a poco, luego
más deprisa, según el jodido Internet le iba rechazando, uno tras otro,
todos los putos nombres de los Caballeros de la Tabla Redonda, acólitos,
simpatizantes, malvados y demás fauna de los libros de Caballería. Empezó
entonces con los héroes puramente de ficción: trató de ser Zipi, Zape,
Capitan_Trueno, Phillip_Marlowe, filip_marlou, kristo, y tantos otros,
pero siempre el mensaje era el mismo:
“Ese nick ya ha sido registrado.
Por favor, elija otro.
Aceptar”
El colega Waldo se estaba poniendo de los nervios. Llevaba
cerca de dos horas con la tontería del nick y aún no estaba ni siquiera
registrado, y eso que había probado con algunos que no le gustaban en
absoluto, como Kroniko o giga_ruashh, pero ni por esas.
Tan triste estaba que unos lagrimones enormes caían sobre
el teclado mientras Baldomero se sorbía los mocos, perdida la compostura,
definitivamente hundido en la más negra de las miserias emocionales.
¡¡De nuevo un nombre se interponía entre él y el mundo!!
Siempre el mismo escollo, siempre el temido naufragio en el
futuro...
¡Tachan_tachan_man!, ese sería su nick.
Frenético corrió hasta el ordenador, y mientras se
conectaba a Internet su mente fantaseaba sobre las posibilidades que le
ofrecería la red de redes.
–
¡Dios, como tarda esto!, no se habrá
jodido, ¿no?... no, ya está...
Tecleó el nuevo nick con cuidado, regodeándose en la acción
de elegir su propio nombre, disfrutándola, paladeando vicioso aquel acto
de libertad inefable, autodefinirse... bueno, casi. Ya estaba
prácticamente terminando de rellenar el cuestionario de inscripción... ya.
Baldomero, lleno de ilusión pulsa “SIGUIENTE” y espera. Le
parece que tarda algo más que otras veces.
–
... a lo mejor cuela...
“La contraseña ha de tener un
mínimo de 8 caracteres.
Por favor elija otra.
Aceptar.”
– ¡Me cago en Internet!, ¡me cago en los nicks!, en las
contraseñas, en los caballeros de la tabla redonda, en el ordenador...
Nuestro buen amigo Baldomero estaba francamente cabreado.
Volvió, por enésima vez, a rellenar todo el minucioso,
profundo y extenso formulario con la nueva contraseña de O-CHO-CA-RAC-TE-RES,
y con un gesto como de desaliento pinchó en “SIGUIENTE”. La máquina
procesa, el servidor de Internet consulta sus datos y contesta:
“El nick ha de tener un máximo
de 12 caracteres.
Por favor, elija otro.
Aceptar.”
Aquél mensaje fue el último que Baldomero vio en su
monitor, porque murió, el monitor.
En cuanto a Baldomero Blancaflor, a veces piensa en apodos
gloriosos, y ahí sigue, triste y aislado... pero bien, gracias.
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