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El Señor.
El día estaba muriendo pero la
jornada no había terminado para el Señor del Torreón. Asomado a una
ventana contemplaba el valle que era su herencia y que administraba con
toda la justicia que se podía permitir en aquellos tiempos convulsos; el
bosque en el que había aprendido a cazar cuando aún no era más que un niño
y que se extendía hasta las lejanas montañas que marcaban el límite de sus
tierras, el río que abastecía de agua y peces a sus siervos, los campos
cultivados con el mimo y paciencia de quienes, aún sin ser felices, se
sabían protegidos. Todo aquello se hallaba ahora en peligro. El mensaje
que le habían entregado pocas horas antes no dejaba lugar a la duda: la
horda de extranjeros que llevaban vigilando desde hacía un mes, se dirigía
directamente hacía sus dominios, arrasando cuanto encontraban en su
camino, quemando granjas y cosechas, exterminando la vida a su paso.
Nadie sabía exactamente de donde
procedían aquellos seres bárbaros y crueles, que rezaban a unos dioses
desconocidos mientras bebían la sangre aún humeante de sus prisioneros. Al
parecer, surgieron de la niebla del invierno aullando como bestias
enloquecidas, armados de garrotes y piedras, las hembras tan feroces como
el más aguerrido de sus guerreros. Repetidas veces –hasta tres– envió en
su contra a sus mejores tropas con el objetivo de tenderles celadas en las
montañas, antes de que se acercaran demasiado, pero fue en vano. El valor
demencial que demostraban les otorgó la victoria una y otra vez.
Así, de forma absolutamente
inesperada, tanto sus soldados como los campesinos se vieron obligados a
retroceder, abandonando rebaños y bienes, en una desbandada caótica hacia
el castillo y los supuestos ejércitos que allí residían. Nadie pensó en
almacenar comida, tal era el miedo que les provocaba aquél feroz y extraño
pueblo en el que todos eran guerreros despiadados y en el que hasta los
niños carecían de escrúpulos a la hora de rematar heridos, sobre los que
saltaban aullando para aplastarles la cabeza a pedradas o garrotazos; no
hacían prisioneros, sino que extraían la sangre de sus víctimas y aquél
parecía ser su único alimento. Se lanzaban a la batalla invocando los
nombres de tenebrosos y desconocidos dioses, adornados de plumas, los
rostros grotescamente tatuados de negro y azul... Las gentes huían frente
a ellos y nada parecía capaz de detenerles.
Sus consejeros y su propia experiencia le decían que el
plazo se acortaba y tan solo escasos días les restaban antes de afrontar
la batalla definitiva. Previsores, habían acumulado cuantos víveres
pudieron con el fin de soportar el asedio, mientras esperaban la llegada
de las tropas de ayuda que había solicitado de sus vecinos; también habían
cerrado las puertas de la fortaleza e izado el puente levadizo, puesto que
el recinto no admitía más refugiados.
Desde lo alto de su Torreón, veía por la serpenteante senda
de la llamada Ruta de los Mercaderes como quienes habían confiado en su
tácita protección, eran forzados a continuar su viaje sin destino ni
esperanza, persiguiendo al tiempo, traicionados por él, Señor de aquella
tierra, preso en su castillo.
Campesinos.
El
carro se había atascado de nuevo. Las lluvias de la pasada noche habían
reblandecido el camino de tierra apisonada por el que avanzaban desde
hacía días, convirtiendo la antigua Ruta de los Mercaderes en una sucesión
de charcos fangosos en los que las ruedas –apenas unos círculos burdamente
confeccionados con tablones– se atoraban continuamente. Afortunadamente
estaban ya muy próximos a su destino y en pocas horas se hallarían en el
castillo del Señor de aquellas tierras que les debía protección y cobijo.
Fueron necesarios los esfuerzos combinados de cinco hombres para que el
carro reiniciara su marcha entre maldiciones, juramentos y burlas de
quienes les adelantaban en su peregrinar, pero al fin pudieron continuar
al ritmo cansino y sin esperanza del viejo buey uncido a la destartalada
carreta.
El camino había sido largo y angustioso, siempre
temerosos de que los bárbaros les alcanzaran y exterminasen como habían
hecho con tantos otros menos afortunados, pero lo cierto es que lo habían
conseguido al fin, puesto que ya se vislumbraban las murallas de la
fortaleza y una renovada ilusión vino a calentar los ateridos miembros de
los viajeros e se oyeron incluso algunas notas de las dulzainas y
chirimías que amenizarían el baile de aquella noche con el que habían de
celebrar la seguridad que les prometían aquellos muros altos y fuertes,
testigos de innumerables batallas y que jamás se habían visto humillados
por la derrota.
Sin embargo, un rumor vino a turbar la incipiente
felicidad que les animaba la mirada: al parecer, las puertas del castillo
estaban cerradas y, desde las almenas, los guardias hacían oídos sordos a
las súplicas y amenazas de los campesinos que habían visto como el escaso
contingente de tropas que hasta entonces les había escoltado y protegido
se había adelantado y, tras entrar en el recinto amurallado, les dejaba
indefensos en la explanada, inermes entre los muros y el bosque. Algunos
de quienes veían frustradas sus esperanzas lanzaron vanamente piedras
contra el castillo bajo la mirada impasible de los centinelas,
indiferentes ante los reniegos de los campesinos y sus familias; alguno de
aquellos bravos soldados tensó su arco, pero una orden seca y tajante le
hizo contener su ansia de matar. Ante las atrancadas puertas del castillo
los hombres maldecían, las mujeres se lamentaban y los niños aturdían a
todos con preguntas sin respuesta... y las horas pasaron sin que se
ablandara el corazón de aquel noble Señor de negra alma. Las voces
callaron y un tenso silencio se adueñó de la caravana de siervos.
Un viento gélido sopló acercando el
lamento de algún ave nocturna que, con el crepúsculo en sus pupilas de
luna llena, sentía acercarse el momento de salir en busca de alimento.
Al fin, una de las carretas se puso en
marcha y tras esta, otra, y así, con una extraña sensación de
incredulidad, ultrajados, volvieron a ponerse en movimiento a lo largo de
la antigua Ruta de los Mercaderes –senda de barro serpenteante– aquellos
seres que, confiados en la nobleza de su Señor, se veían traicionados de
nuevo por el destino, reos del hambre y el miedo, náufragos en un mar de
angustia y estrellas.
El centinela.
El
asalto se produciría en cualquier momento, probablemente poco antes del
amanecer, ya que era el instante en el que los cuerpos agotados por la
vigilia hacían que la atención se relajase y el escozor de los ojos,
cansados de escudriñar las tinieblas, provocaban un parpadeo constante que
incitaba al sueño a tomar posesión de las almas de los centinelas. Eric se
frotó de nuevo los ojos, pensando que ojalá les atacasen por fin, deseoso
de que un término, fuese cual fuese, pusiera punto final a aquél asedio
que se prolongaba desde hacía ya demasiado tiempo. Sabía que tras la línea
de los árboles se hallaban las hordas de guerreros que les habían puesto
sitio y cortado las vías de suministro de víveres que tanto escaseaban en
la fortaleza; era consciente también de que les superaban en número y
ferocidad, puesto que huían del hambre y nada enardece más que la
desesperación de saberse sin alternativas. Realmente, era muy poco lo que
sabían de aquel ejercito, excepto que viajaban con sus mujeres e hijos,
arrastrando sus escasas pertenencias; aquello no era una guerra de
conquista, sino la migración de todo un pueblo en busca de una nueva
patria en la que establecerse, empeñados en labrarse un futuro.
Súbitamente el silencio de la noche se desgarró con el
llanto de un niño que fue rápidamente acallado. Eric se estremeció a su
pesar. Angustiado, pensó en sus propios hijos que también tenían que
soportar la escasez de comida que les había forzado a comerse los
caballos, cabras y gallinas del recinto, y se le ocurrió pensar que quizá
fuera la dieta de ratas lo que estaba provocando aquella extraña
enfermedad que cada vez más personas padecían.
No hacia falta remontarse muy lejos
en el tiempo para recordar como las ratas campaban por sus respetos por
las cuadras –ahora desiertas–, por los albañales, cocinas, e incluso por
el mismísimo patio del castillo, sin que significaran más que un incordio
y una ligera preocupación para las madres que, en ocasiones, tenían que
restañar alguna leve herida provocada por un mordisco de tales animales,
que en aquél entonces se mostraban sin miedo e incluso con un atisbo de
arrogancia en sus brillantes ojillos rebosantes de astucia. Ahora, eran un
suculento ingrediente de sopas y potajes y escaseaban de un modo tan
manifiesto, que incluso se decía de quien se mostraba soberbio, si no
tendría la casa llena de ratas.
Eric observó la linde del bosque;
entre los árboles se movían algunas luces procedentes de las antorchas que
portaban los centinelas de los sitiadores, tan seguros de sí mismos, que
ni siquiera trataban de ocultar sus movimientos en el cambio de turno de
guardia. Se imaginó los fuegos de campamento alrededor de los cuales se
reunirían al romper el día para degustar una comida que les era negada a
sus enemigos. Desde luego, ellos no debían estar pasando hambre, puesto
que en el bosque la caza abundaba y el río siempre había sido pródigo en
alimentos; allí, las plateadas truchas nadaban perezosas en los umbríos
recodos, mientras eran observadas desde la orilla por venados, roedores y
otros seres que atesoraban proteínas y grasas que le hacían soñar
pesadillas de banquetes y fiestas de abundantes manjares. Pasó de nuevo la
lengua por los agrietados labios, casi paladeando exquisitos asados y
dorada cerveza de lujuriosa espuma, recordando los días de abundancia que
había vivido cuando aún no sabía hacerles el aprecio que se merecían.
¿Cuánto duraba ya el asedio?... no
podía recordarlo, meses, años... Lo cierto es que no tenía importancia,
puesto que se morían de hambre y miedo, por no hablar de la enfermedad,
del Mal que se estaba llevando a tantos, que los muertos se apilaban al
pie de las murallas donde eran arrojados para evitar la peste, la
pandemia. El médico del castillo fue de los primeros en morir, empeñado en
atender a los agonizantes en busca de un remedio que se antojaba
imposible. Tras su fallecimiento, se multiplicaron los bebedizos y
ungüentos supuestamente milagrosos que provocaron a su vez tantas muertes
o más que la propia enfermedad, sin que lograran atajar ni las pústulas
supurantes, ni los vientres grotescamente inflamados, ni las fiebres que
anunciaban el fin de los pesares.
El Señor del Torreón mandó entonces
ahorcar a quienes se dedicaban a la confección de tales remedios y pócimas
y ordenó la construcción de un cadalso en el patio central y todos fueron
obligados a presenciar otra orgía de muerte, mientras que cuantos tenían
algún conocimiento de las hierbas que curan o de plegarias sanadoras
padecieron la venganza de la impotencia y el pánico.
Aquella fue una triste jornada.
Apenas el sol despuntaba en el
horizonte cuando aparecieron aherrojados algunos ancianos y un par de
viejas de mirada huidiza, preñados de odio sus ojos profundos como la
memoria del tiempo. En medio de un silencio tenso y cargado de presagios
avanzaron escoltados por la guardia del Señor que, desde la ventana de sus
aposentos, contemplaba ceñudo la macabra escena. No duró mucho. Unos
minutos después siete cuerpos se balanceaban grotescamente al extremo de
las sogas, y la escasa multitud se dispersó presa de un sentimiento de
culpabilidad y pavor. El Señor se mantuvo durante largo tiempo en la
ventana y hasta hubo quien comentó que lloraba las vidas que había mandado
segar. Luego, los mismos guardias que condujeron a aquellos infelices a su
destino, descolgaron sus cuerpos y los despeñaron al foso bajo las
murallas, donde quedaron como muñecos rotos, mutilados por el azar.
Con la mente abstraída en el recuerdo,
Eric deambulaba junto a las almenas observando de reojo el cercano bosque,
cuando un violento impacto en la espalda hizo estremecerse el cuerpo que
aún soportaba su alma; asombrado, contempló brevemente la punta de la
flecha que le había atravesado la coraza de cuero que portaban todos los
guardias del castillo; como en un sueño se sintió caer, consciente de que
la vida se le escapaba a través de la herida; entre las brumas de su
perplejidad creyó oír una risotada obscena, soñó a alguien que le escupía
en el rostro y mientras exhalaba su último aliento, angustiado, se
preguntó qué sería ahora de su familia.
Noche de ratas.
Gregor
llevaba colgando de la mano un saco de arpillera, mientras musitaba para
sus adentros su plegaria preferida: “Amo de las Ratas, cédeme tu
compasión. Amo de las Ratas, sé generoso. Amo de las Ratas, dame de
comer”. A paso vivo, para evitar que otros se le adelantaran, se encaminó
hacia la parte trasera del Torreón del Señor, donde la experiencia le
había enseñado que aún se escondía algún que otro roedor al que quizá
tuviera la suerte de cazar.
Gregor era sin duda uno de los mejores
cazadores de ratas de la fortaleza, y él estaba convencido de que su
plegaria tenía mucho que ver en aquella casi mágica suerte que le permitía
llevar, prácticamente a diario, carne recién muerta a la cazuela de su
madre, de la que se alimentaba toda su familia. Cierto es que cada vez
eran menos, ya que el Mal había acortado los pesares de tres de sus
hermanos, incluida la hermosa Ingrid de los ojos de miel, que tan solo
sufrió dos años y medio en aquel infierno que llamaban hogar; también su
padre, el valiente Eric, murió recientemente en las almenas, víctima de
una flecha que algunos decían había sido disparada desde el interior del
propio castillo, aunque jamás se supo a ciencia cierta nada concreto,
excepto que al poco tiempo les fue arrebatado el privilegio que poseían de
disfrutar de las sobras de las comidas del Señor, puesto que ocupó otra
familia –la de Studas, temido por su carácter violento y cobarde- y que
les condenó a ellos a procurarse el sustento por medio de aquella caza sin
honor.
Esquivando los charcos de inmundicias
que salpicaban el patio central, se adentró en el laberinto que formaban
las barracas que habían sido cuadras, pasó tras el taller del herrero y
tras meditarlo un momento, se acurrucó entre las raíces de un anciano
roble que ya era centenario cuando los hombres decidieron edificar una
fortaleza en aquél lugar. Allí se mantuvo en un silencio hueco y
expectante, un ojo atento a cualquier movimiento que se pudiera producir,
el otro, en las estrellas duras, hermosas y distantes que le acompañaban
cada noche en su acechar. No fue sino tras un largo rato de paciente
espera que Gregor decidió pasar a la acción: tomó el saco de arpillera,
salpicó con un par de gotas de su propia sangre el fondo y depositó con
infinito cuidado el saco abierto junto a los excrementos y otros restos
del Torreón que allí se acumulaban, y se dispuso a permanecer en la más
absoluta inmovilidad hasta que su presa asomara. “Amo de las Ratas, cédeme
tu compasión. Amo de las Ratas, sé generoso. Amo de las Ratas, dame de
comer”. La letanía le mantenía despierto y esperanzado, aún sabiendo que
su alma se condenaba creyendo, como si fuese un bárbaro, en el poder del
vano conjuro. “Amo de las Ratas, cédeme tu compasión. Amo de las Ratas, sé
generoso. Amo de las Ratas, dame de comer”.
El tiempo transcurría; ya las
estrellas empezaban a palidecer y Gregor seguía repitiendo en su corazón
su plegaria secreta, cuando un movimiento apenas perceptible fijó su
atención: ¡ahí estaba! Cautelosamente, el animal se movía entre las
quietas sombras, atraído irresistiblemente por el olor de la sangre fresca
y joven. La rata –un ejemplar flaco y deslustrado entre los de su especie–
olfateó precavida el aire, pero su hocico solo percibió los acostumbrados
aromas de excrementos y basuras en putrefacción, y por encima de todo
ello, la sangre. Sus bigotes se estremecieron de impaciencia, pero el
instinto parecía prevenirla contra algún oculto peligro que no lograba
percibir con claridad; pese a todo, siguió avanzando con precaución, sus
sentidos embriagados por aquel efluvio enervante, hasta que no pudo
soportarlo más y se abalanzó a una velocidad vertiginosa en busca de
aquella golosina que le brindaba el azar.
Gregor fue tan rápido como ella o más.
Con un ágil movimiento cerró el saco y acorraló al animal en el fondo
para, con un gesto fruto de la práctica y exento de crueldad, romperle el
cuello y así, evitar que sus chillidos llamasen la atención de otros,
quizá tan hambrientos como él mismo, pero con menos recursos o más
torpeza.
Con el saco de arpillera en la mano y
tomando la precaución de no ser visto, inició el regreso a la barraca
donde vivía con su familia, con la satisfacción pintada en su rostro,
convencido de que hoy también comerían.
El hijo de Krun.
Yanuek
fue arrancado de su sueño por una mano que le abofeteó sin
contemplaciones. Con un exabrupto se desperezó y miró a su alrededor: los
miembros de la tribu se preparaban para el asalto final a aquellos muros
que habían detenido su migración, siempre en busca de tierras que les
aportaran una nueva oportunidad de supervivencia. El castillo era el
último obstáculo que les quedaba por superar para convertirse en los
únicos y reales amos del bosque, el río y cuantos ganados y cosechas
habían ido dejando atrás, conscientes de que la velocidad era su mejor
arma para derrotar a un ejercito tan atemorizado por la crueldad y
eficacia que demostraban los guerreros tatuados que, en su retirada,
abandonaban armas y pertrechos.
Apenas tuvo tiempo de masticar una
tira de carne seca antes de que se pusieran en marcha hacia la fortaleza.
Las estrellas aún brillaban en el cielo pero el aroma del viento traía la
promesa del amanecer de un nuevo día en el que la muerte obtendría, sin
duda, una importante cosecha de almas con que adornar los salones en los
que se diseñan las pesadillas y temores de los vivos. Tomó su garrote de
raíz de olivo y se apresuró a ocupar su lugar mientras invocaba a su
tótem, Krun, Padre de los Lobos, y le exigía ser valiente y feroz en la
lucha de cuyo resultado dependía el futuro de su mujer e hijos. Un
ululante gemido se adueñó de la noche que agonizaba, tensando sus nervios,
enardeciendo su espíritu para la batalla: Krun le bendecía, y la voz de
Yanuek bramó junto a la de sus hermanos, agradeciendo el don de la vida y
la salud, desafiando a la muerte.
Agazapados en las sombras avanzaron a
través de la explanada que les separaba de las murallas de formidable
aspecto y cuando apenas unos pasos les separaban del foso, un chirriar de
cadenas anunció que la traición se había consumado. Fugazmente, recordó el
rostro de conejo asustado de aquél prisionero a quien le prohibieron
degollar; en sus ojos mezquinos, su alma de cobarde asomaba ruin cuando, a
cambio de su vida, se ofreció para abrir las puertas a la horda de Krun.
El puente levadizo terminó por fin su descenso y allí estaba él, Studas el
indigno, sonriendo como un reptil, ignorante de que el propio Yanuek se
había reservado el derecho de aplastarle la cabeza cuando empezara la
matanza, privilegio que le correspondía al haber sido él quien le
capturara en una de las primeras escaramuzas que sostuvieron con aquellos
soldados atildados y gordos, que pretendían detenerles en una emboscada
pueril que no tuvo el éxito que esperaban.
Dentro de la fortaleza sonaban voces
de alarma, entrechocar de metales.
Studas murió con aquella estúpida
sonrisa en los labios, el cráneo reventado por un golpe de garrote que
sonó hueco y ominoso. Yanuek aulló en un alarido jubiloso y vital su
victoria y no vio acercarse al muchacho que, espada en mano y escondido en
las sombras del portón de acceso al castillo, con los ojos inyectados en
sangre le hundió el acero en el vientre. El hijo de Krun intentó sujetar
las vísceras que se escapaban por la herida abierta, pero las fuerzas le
abandonaban con la sangre que manaba a borbotones por entre sus dedos; su
vista se nubló y cayó en el barro ante la mirada salvaje de Gregor, el
cazador de ratas, que, sigilosamente, se fundió con la noche, oculto a los
ojos de Krun, Padre de los Lobos, y de su hermana la muerte.
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