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¿Cuántos
años habían pasado desde la última vez que la vio? Envuelta en ese aire de
suficiencia y sofisticación artificiosa que eran tan propias como la
multitud de sortijas o aquella sonrisa de aspecto soberbio y despótico
(como si el resto de los vivos fueran tan solo insectos dispuestos a lo
largo del tiempo con el único objeto de mostrarle su admiración), se
despidió de él con un “te llamaré” que jamás tuvo la menor intención de
cumplir. Durante meses, al volver a su gélida casa desde el anónimo
trabajo de oficinista que le permitía, a duras penas, sobrevivir,
interrogó con ansiosa esperanza el contestador automático de su teléfono,
comprado con el exclusivo destino de almacenar el improbable mensaje que
habría de cambiar su vida para siempre, pero nunca oyó otra cosa el pitido
breve que indicaba la ausencia de grabaciones, sumiéndole en la apatía
vital en la que, contradictoriamente, le sumergía su pasión.
Pasaron
los años y, aunque su alma no la olvidó, lo cierto es que perdió toda
esperanza de volver a saber de ella, y hasta su recuerdo empezó a
desdibujársele de la memoria. Casi sin querer, fue creando una imagen
idealizada con la que alimentar su obsesión, con la que mantener vivo
aquel desdichado amor que, como una infección, se había infiltrado en su
corazón, en su sangre, adueñándose de sus sueños y quimeras. En su mente,
ella aparecía resplandeciente, hermosamente envuelta en una luz dorada
que, como un aura indefinible, la acompañaba iluminando su alrededor,
tiñendo de belleza el universo enfermizo en el que se debatía su neurosis
romántica. Calladamente sufría un infierno de deseos insatisfechos, de
celos abrasadores, que poco a poco perturbaron su razón, hasta que le
resultó insufrible alejarse de aquél maldito teléfono, incapaz de acudir
al trabajo, ajeno a todo lo que no fuera su amada, enloqueciendo, perdido
en una espiral de alcohol y soledad, hasta que, finalmente, le ingresaron
en una institución siquiátrica en la que, inútilmente, deambula por los
pasillos buscando su teléfono provisto de contestador automático.
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Laura se miró al espejo y la mueca que le hizo su imagen
reflejada le confirmó lo que ya temía: que los años no pasan en balde ni
mucho menos. Las arrugas que poco tiempo atrás aún podían etiquetarse bajo
el eufemismo de “líneas de carácter” se habían convertido, sin ningún
género de dudas, en unos surcos profundos y difícilmente disimulables con
los artificios y trucos de uso común entre las mujeres de su misma edad.
Utilizando los dedos estiró la piel desde las sienes y, por un breve
instante, volvió a verse tal y como las fotos que guardaba en el cajón de
su mesilla le decían que había sido años atrás: una mujer hermosa y
pletórica de vida, rebosante de ilusiones que el tiempo se había encargado
de destrozar con su lento y metódico transcurrir que no atendía a razones
ni plegarias. De nuevo, se planteó la posibilidad de pasar por el
quirófano y someterse a las manipulaciones de cirujanos mercenarios...
pero solo durante un instante, porque le vino a la mente el escandaloso
presupuesto que, meses atrás, le habían enviado desde una clínica de
prestigio a la que había acudido en demanda de información; muchas eran
las cosas que podían hacerse con aquél dinero, asuntos más urgentes y
necesarios que ceder a su coquetería de mujer de mediana edad, entrada en
carnes por obra y gracia de las legumbres con chorizo y bollería
industrial a las que era tan aficionada. Además, pensó, ¿para complacer a
quien habría de hacer semejante sacrificio? Hacía ya mucho tiempo que
nadie le lanzaba requiebros por la calle y su marido (aquella bestia
lasciva y alcoholizada que la había dejado por una chica anoréxica quince
años más joven que ella), le había repetido innumerables veces que la
belleza de una esposa y madre está en la economía de gastos y en la
atención que prestaba a los suyos. Sin embargo, todos acabaron por
marcharse de la casa que una vida de sacrificios y privaciones apenas
había bastado para amueblar de modo somero e impersonal, en el más puro
estilo “Almacenes Arias”. Diana, la mayor, se fue con una ONG a América
Latina y ya iba para dos años que no tenía noticias suyas, y Joaquín,
después de algunos escarceos con la droga, decidió hacerse budista y
desapareció como un espectro barrido por las carcajadas de niños que
juegan. Ahora, sola y sin amigos, trataba de recordar sus equivocaciones,
recorriendo el piso con los labios pintados y los ojos arrasados de
lágrimas. Que largos se le antojaban los días, cuan eternas las noches en
las que su cuerpo de mujer sana ansiaba las caricias y atenciones que sin
duda merecía.
Salió del cuarto de baño, se dirigió al dormitorio y buscó
en su coqueta el joyero en el que guardaba sus más preciadas alhajas, que
se fue poniendo una tras otra: los pendientes de oro que su marido le
regaló en su quinto aniversario, el anillo de pedida con un brillante
pequeño pero autentico, el collar de perlas cultivadas que compró a través
de un anuncio en la televisión. En el fondo había un papel pequeño y
amarillento que desdobló: un numero de teléfono olvidado de alguien del
pasado a quien no recordaba y que, probablemente, tampoco la recordaba a
ella. Se contempló de nuevo en el espejo y colocó en su sitio un mechón de
pelo que, rebelde, había resbalado. Después, se acercó a la cabecera de la
cama donde, en un cajón de su mesilla, se hallaba el remedio a sus males,
disfrazado de pastillas de brillantes colores. Había leído que las mujeres
preferían el veneno para suicidarse debido a ese poso de coquetería que,
aún en los casos más extremos de depresión, anidaba en el alma de todas
ellas. Una amarga sonrisa se insinuó en la comisura de sus labios mientras
iba vaciando el contenido de las cápsulas en una copa de vino dulce y
espeso. Lo removió todo con el dedo y sin dudar lo apuró de un trago.
Luego, compuso con cuidado los pliegues de su vestido y se tumbó en la
cama a esperar la larga noche que la aliviaría, por fin, de su soledad.
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