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Sé que
está ahí fuera y que me observa en silencio.
Registra todos y cada uno de mis movimientos en unas
máquinas que no soy capaz de imaginar... pero sé que lo hace.
Creo que esto sucede desde siempre y, aunque yo no lo supe
hasta hace apenas unos días, he podido comprobar que es cierto, que existe
y que nada escapa a su poderosa mente. No tengo dudas de que ha creado
todo cuanto es.
Sé que todo se lo debo a Él y que su amor es el que me
sustenta en mi hora de necesidad, el que me consuela de mi soledad, de los
miedos que me asaltan cuando mi mirada resbala por la textura del mundo,
increíble sustancia perfecta, espejo de su mente.
He viajado mucho y muy lejos y puedo asegurar que el
Universo se repite a pesar de que nunca es igual a si mismo. También sé
que la sustancia perfecta e inmaculada delimita la Creación, su Creación.
A lo largo de los interminables túneles y laberintos del
mundo he vivido grandes aventuras y siempre supe regresar, y por eso me
ama.
El Todo es su Reino, su voluntad, y, aunque me desagrada
que me coja por la cola cuando exige mis servicios, sé que sin Él no soy
nada, pues Él es quien me impone las pruebas y me abastece de queso, y por
eso mi Fe es fuerte y soy devoto servidor del Gran Ratón.
(En el Laberinto de Cristal. Día 57.)
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