Colores
   
Colores para una rutina.

 

08:50, 7 de Noviembre. Martes.

 

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana tal y como hacía cada día y sí, allí estaba como siempre aquella mujer y sus dos hijos pidiendo en el semáforo. Con la pañoleta calada hasta las cejas, erraba entre los coches detenidos por el semáforo con un bebe de meses apoyado en la cadera como por descuido, mendigando atención a los conductores somnolientos. No le resultaba sencillo sortear charcos, motos y espejos retrovisores y regresar indemne a la acera antes del cambio de  luz, pero lograba hacerlo sin lacerar su dignidad, como poseída de un extraño don.

 

Al lado de un seto que bordeaba la carretera les esperaba el mayor, de unos ocho años, sentado sobre una bolsa de asas azul, abrazándose el cuerpo con los brazos. Su madre se agachó junto a él y le despeinó los encrespados mechones negros, luego le dio un beso y volvió hacia el semáforo que ya estaba ámbar. Y de nuevo, todo se repetía como una grotesca danza de la indiferencia, 0,7% de la nada.

 

Se apartó de la ventana y mientras se aseaba y vestía no pudo evitar seguir un obsesivo ritmo ajeno: “Rojo. Cruzar delante del primer coche. Cristales subidos. El conductor no la ve. Segundo coche. Tampoco la ven. Cambio de carril. Una radio suena amortiguada, pero quien la escucha y cambia de emisora en ese momento tampoco la ve. El tiempo se está agotando. Al coche que está inmediatamente detrás de este le crece una mano donde solo había cristal y ella se apresura a coger las monedas. Verde. Rápidamente regresar al seto... cuidado con la moto... ya está.”

 

El sonido del temporizador del microondas le saca de su ensimismamiento y termina de calzarse.

 

“... Rojo. Cruzar delante del primer coche... “

 

El café con leche está demasiado caliente y mientras lo revuelve con la cucharilla piensa en la rutina del niño sentado en la bolsa: “ ... Verde. Viene la madre, le revuelve el pelo, le pregunta si tiene frío; él siempre contesta que no. Ámbar. Ella le besa y vuelve al semáforo... rojo... verde... ámbar... rojo...“

 

El suave tintineo de la cucharilla contra las paredes de la taza difumina lentamente los sonidos de la calle mientras intenta imaginarse la mente de Dios el Grande creando la rutina de aquél niño del seto: ¡que vano alarde de crueldad y poder, que espléndida carencia de moral!

 

El café se ha quedado frío.

 

 ... rojo... verde... ámbar... rojo...

 

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