CONTRADICCIÓN

Cuando las contradicciones ocupan tu mente, es difícil saber lo que realmente debes hacer.

Por un lado lo darías todo, tal como hiciste antes, pero por otro tienes muy claro que no es prudente hacerlo.

Cada individuo tiene su propia vida, sus propias necesidades, y muchos de ellos se emparejan teniendo además, una vida,  necesidades e ilusiones comunes.

El hecho de tener a una persona con quién compartes el día a día no ha de implicar que ello sea el centro de todo, no puede ser sinónimo de anulación de la vida propia de cada uno de los integrantes de la pareja. Es un enriquecimiento, no una sustitución de ideas, ilusiones, inquietudes...

Cuando la otra mitad de la pareja tiene dificultades, lo que surge de la relación es ayudar a solventar dichos hechos, pero en ningún momento, la otra persona debería solucionar dichos problemas, ya que entonces la parte implicada no maduraría como debería hacerlo.

Cada cual debe llevar a cabo la solución a un problema dado, para así seguir creciendo como individuo y como pareja. No significa que no se ayude tanto como se pueda, eso sí, pero no ser la mano ejecutora de dicha solución.

Esa es la contradicción moral, que pudiendo solucionar de manera inmediata un problema, no hay que hacerlo. Hay que ayudar a que la otra persona pueda solucionarlo.

Esa es la vía correcta para ambas partes, aunque talvez pocas personas puedan entender este razonamiento.

Muchos pensarán que si puedes solucionar un problema a tu pareja de manera inmediata, ¿Por qué no hacerlo? La respuesta sencilla. Si cada vez que tenga una dificultad, por arte de magia alguien lo soluciona, jamás podrá madurar en los aspectos de la vida que le son adversos, ya que jamás se tendría que enfrentar a esos hechos, puesto que siempre se lo han solucionado todo. Por eso, cada uno ha de ser capaz de solventar las pruebas que le pone la vida, porque vivir es difícil, y los obstáculos cada vez mayores. Si no supiste resolver uno pequeño, no podrás resolver el resto de pruebas a las que se está sometido por el simple hecho de estar vivo.