GIGANTE 

 

    Deshaciéndose en un mar de lágrimas, Gigante intentaba gritar pero no lograba proyectar su voz más allá de su mente. Veía como el peligro le acechaba a él y a todo lo que le rodeaba. Sus hermanos (más jóvenes que él) temblorosos, no sabían que podían hacer, no eran capaces de actuar, de rogar, de hablar, de llorar.

Gigante, por ser el mayor de la familia, se sentía en la obligación de velar por todos y poseer todas las respuestas a cualquier pregunta que le planteasen y hasta el momento siempre había sido así, era el gran sabio. Pero ahora era diferente, no sabía como responder ante la insistente pregunta por todos manifestada: ¿Qué podemos hacer?

 Él sólo entornaba los ojos, apesadumbrado por no tener la respuesta, esa que todos añoraban y nadie soñaba. 

Mirando hacia el suelo, veía al resto de familias que con él convivían, corriendo hacia no sabían donde, tratando de huir, sin rumbo que tomar ni lugar al que llegar. El mal les acechaba desde el horizonte, más allá del paraje donde cada día se ponía el sol. 

Las horas pasaban y aquellos formidables monstruos amarillos y negros se acercaban cada vez con más rapidez, cercándoles, dejando sin salida a todo el que allí moraba. 

Gigante oteaba el horizonte, por encima de las copas más altas, buscando una solución... que no halló. 

A sus pies, todo un enjambre de seres, corriendo, gritando, llorando, buscando a padres, hijos, hermanos, que entre la multitud se habían extraviado. Todos querían huir, pero no eran capaces de hallar una salida, mirando con desesperación a Gigante, exigiendo una respuesta que no llegaba. El feroz estruendo de aquellos monstruos cada vez era más intenso, más siniestros, más cercanos. 

Un espeluznante bramido acalló la marabunta de voces. Era el alarido de dolor arrancado a Gigante al ser abatido por uno de aquellos monstruos, él, que había estado allí desde siempre, él, que era el árbol más alto y viejo de toda la selva... se hallaba ahora derrotado. 

Todos le miraron paralizados mientras se precipitaba hacia la madre tierra que le dio la vida. 

Y los monstruos seguían avanzando, haciéndose el silencio allá por donde fueran, quebrado solo por su propio estruendo, heraldo de muerte.