EL SECUESTRADOR  

 

    Le subieron al maletero de un coche. Ni siquiera tuvo tiempo de intentar escapar, alguien cerró la puerta con rapidez y firmeza y el coche se puso en marcha. Con el ruido del motor por toda compañía, comenzó a preguntarse a que lugar le llevaría su secuestrador y que le esperaba allí donde llegasen.

Habían llegado a sus oídos muchas historias y ninguna conseguía tranquilizarle, a muchos de sus compañeros un día se los llevaron y jamás nadie volvió a verlos. Escuchó en diversas ocasiones, lo que parecía ser el destino de todos aquellos que desaparecían de aquel lugar.

Se los llevaban muy lejos, encerrados en un coche o camión (ya que a veces se llevaban a más de uno) y sin mediar palabra durante todo el camino, al llegar a una gran nave, les llevaban dentro y los metían en una habitación junto a otros muchos que habían llevado antes. A veces podían pasar allí días, semanas o meses, sin salir para nada y sin que nadie entrase a visitarlos.  Cuando elegían a uno de ellos, le separaban del resto y le llevaban a otra habitación más grande, donde el estruendo producido por las máquinas que allí trabajaban, no dejaba oír nada más. Normalmente terminaban destrozados a golpes en cualquier rincón de la ciudad.

Tenía miedo, acababan de sacarle del coche y no sabía que esperar ahora. Le pusieron en una habitación junto a tres más, uno negro como el azabache, otro rubio como el oro y el tercero color nogal. Aquel lugar no era tan grande como las historias decían, y no había visto ni escuchado increíbles máquinas de veinte veces su tamaño.

De pronto el secuestrador le cogió y le puso encima de una mesa. Se sintió muy confuso porque le había tratado con sumo cuidado. Comenzaron a mirarse, con prejuicios uno y miedo el otro, pero poco a poco, el ambiente se fue relajando. Pronto las miradas cambiaron y notó que el secuestrador le observaba atentamente queriendo averiguar algo, tratando de ver su alma. Le acarició suavemente sin subterfugio alguno y él no comprendía que ocurría. Con mucho cuidado, le fue retirando todo aquello que le sobraba, le curó aquellas heridas que se hizo con una caja metálica al caer hace dos días. Cogió varios instrumentos, pequeños todos ellos, y siguió acicalándole, con tal dulzura, con tanto mimo, que se dejó llevar por aquella sensación que nunca antes había sentido y se olvidó de aquellas historias que alguien alguna vez le había contado.

Era tal la tranquilidad que sentía, que se quedó sumido en un profundo sueño. 

Cuando despertó al día siguiente, se sentía... distinto. Era como si le hubiesen transformado durante la noche y se sentía feliz.

De pronto escuchó la puerta del habitáculo donde se hallaba y vio entrar a su secuestrador con una mujer. Antes de poderle agradecer lo que quiera que hubiese hecho con él la noche anterior, ella dijo:

   ¿És este?   

—   Sí

—   Cariño, creo que es el taburete más hermoso que jamás he visto.