LA HABITACIÓN  

 

     La oscuridad lo envolvía todo. Una cerrada noche les rodeaba desde el comienzo de sus días y jamás habían visto la luz del sol; ni siquiera conocían su existencia hacinados en una habitación donde ni siquiera el aire se atrevía a entrar. A veces hablaban entre sí, preguntándose donde se hallaban, indagando a cerca de su destino final. Ninguno lo sabía y llevaban  así toda su vida. Les habían vestido con sombreros anaranjados y trajes blancos, idéntico todos ellos. No era fácil diferenciarlos.

La vida era abrumadoramente monótona, aburrida. Tan solo, de vez en cuando se sentían sacudidas en la estancia, como si los estuvieran llevando de un lugar a otro, sin que supieran desde donde ni a qué lugar.

Pasaban verdaderas calamidades: mientras unas veces sentían un frío atroz que les congelaba el alma otras creían que morirían asfixiados de calor.

Un día sintieron tal terremoto que las paredes casi se desploman. Súbitamente aquel ensordecedor ruido cesó. Respiraron hondo y contuvieron el aliento, esperando la siguiente sacudida... pero nunca llegó. Pasado un rato se tranquilizaron. Hacía una temperatura francamente agradable, no hacía frío ni tampoco calor, se sentían realmente confortables y les rodeaba un silencio sumamente extraño. Estaban acostumbrados al ruido incesante que siempre se filtraba a través de las pareces (a veces estruendoso, otras como un suspiro) pero ahora el sonido del silencio lo abarcaba todo.

Durante un rato, se relajaron de la tensión producida por aquellas increíbles últimas sacudidas. Comenzaron a escuchar voces, voces que no venían de su estancia, sino del otro lado de una de las paredes. Eran voces que preguntaban lo mismo que habían preguntado ellos cientos y cientos de veces, voces intranquilas, voces temblorosas. Querían saber donde se hallaban. A ellas se unieron muchas más, venían de todos los sitos, del techo, del suelo, de cada uno de los rincones que les rodeaban. Pensaron que debían estar rodeados de otras habitaciones, habitaciones por todos los lados. Como no obtenían respuestas, las voces, paulatinamente, se fueron apagando. La tranquilidad  que se respiraba era tan espesa que no sabían si preocuparse o disfrutar de ella. 

Pasaron lo que suponen fueron varios días y todo seguía igual. De repente sintieron una gran sacudida en el habitáculo, como si estuvieran cayendo y acto seguido chocasen con el fondo de algo. Todos contuvieron la respiración, no sabían que les esperaba. Notaron que algo cogía la habitación y... escucharon como si se rasgase la pared. Súbitamente el techo de la habitación se abrió y vieron luz. ¡Que hermosa era! jamás antes habían visto nada igual, ni siquiera habrían podido imaginarse que hubiese algo tan hermoso. Y el aire, olía tan diferente, tan extraño, tan maravilloso. Se sentían felices porque les iban a liberar.

Vieron a dos seres fuera de su habitación. Eran gigantescos, y muy extraños. No iban vestidos como ellos, uno llevaba un sombrero negro y el otro amarillo y la ropa era... era preciosa, llena de colores, colores que jamás imaginaron. De pronto, el de sombrero negro, cogió a uno de ellos por la cabeza, lo sacó de la habitación y preguntó al otro ser:

— Oye... ¿tienes fuego?