EL GUARDIAN

Salió a la misma hora de todos los días, a las siete y media de la mañana.

Era un día de invierno, aún estaba oscuro y hacia más frío que de costumbre. Se había puesto su juego de bufanda y guantes preferido -aquel azul y gris que le regaló un amigo hace dos años por su cumpleaños. Casi nunca usaba la bufanda, al igual que los guantes, pero ese día, cuando se despertó y vio en el telediario de la mañana el gélido frío que anunciaban, pensó que le vendría muy bien.

Había pocos transeúntes por la calle, algo extraño, ya que normalmente estaba toda la gente corriendo de un lado a otro -unos yendo a la parada del bus, otros subiendo a sus coches y la mayoría caminando con prisa para llegar a donde quiera que tuviesen que ir- sin preocuparse por lo que ocurría a su alrededor pareciendo sordos y ciegos. No eran capaces ni de devolver un saludo a esas horas, como si no se terminasen de despertar hasta pasadas las diez de la mañana –cuando normalmente descansan para tomar un café y charlar- y para algunos incluso más tarde.

Pero hoy no era así, todo estaba relativamente tranquilo. La panadería de la esquina estaba cerrada y el bar donde tomaba café al lado de casa cada día a las ocho menos cuarto no había abierto sus puertas.

Siguió andando, sin lograr comprender que había de diferente en el pueblo. Tampoco se dedicó a pensar en ello, ya que tenía que estar en la oficina puntualmente, ni un minuto más tarde. Por tanto, continuó calle abajo sin darle más vueltas a esa extraña sensación que le invadía.

Llegó más pronto de lo acostumbrado y el despacho estaba cerrado, no había nadie todavía –normalmente siempre coincidía con Cristina, la chica que limpiaba a primera hora de la mañana- algo anormal por otro lado. Como le sobraba tiempo, comenzó a mirar a su alrededor viendo tan solo a dos transeúntes caminando por la acera y algún coche pasando. Un autobús, que tenía su parada enfrente, llegó totalmente vacío y solo había una persona esperando para subir, nada frecuente de nuevo. No había casi ningún vehículo aparcado en la calle, como si hoy fuese un día diferente por  algún motivo. No comprendía nada, algo ocurría y se le estaba escapando.

Miró los locales de su alrededor, todo cerrado -un bar pequeño y destartalado que había junto a su trabajo donde tomaba algo con sus compañeros antes de comenzar la jornada, no había abierto aún.

Se fijó entonces en el cielo. Era un cielo increíble, de un color entre azul y magenta, era precioso. Parecía que quisiera decir algo muy bello, algo que no sabría describir.

 Bueno, ya era la hora pero no había nadie. Todo seguía cerrado y las calles igual de tranquilas. Estaba desconcertado.

Decidió volver a casa, andando por supuesto, igual que había llegado allí. Comenzó a caminar. El color del cielo cada vez era más intenso, ese maravilloso cielo que jamás había visto así.

Llevaba poco tiempo en el pueblo, unos 8 meses. Era pequeño y acogedor, la vida era sencilla y tranquila y la gente se mostraba muy cordial y amable. En casi todos los sitios se podían ver esas curiosas tiendas donde se vendía un poco de todo -desde pescado hasta un tirador para puertas- dando un ambiente muy pintoresco a las calles. Los lugareños le habían dado un sobrenombre al pueblo: “SWEETRAINBOW”.

 Él había viajado mucho y vivido en lugares muy diferentes del mundo pero de todos los sitios en los que había estado anteriormente, jamás vio un cielo tan hermoso como el de hoy. Estaba fascinado, se embelesaba observando esa maravilla.

De pronto comenzó a llover, una lluvia muy suave. Las gotas tocaban una dulce y embaucadora melodía en su recorrido hacia el suelo. Percibía un matiz diferente, porque bueno, era lluvia, sí, pero sin saber por qué, tenía sentimientos contradictorios a cerca de ella. Era ... como explicarlo, era cálida y tal vez incluso sensual; le producía una sensación muy placentera, pero a su vez un miedo incontrolado hacia algo que no podía expresar.

Pensó en acelerar el paso pero le atraía tanto ese fenómeno y la suave música que decidió dejarse llevar.

Sin darse cuenta se había desviado de su camino. No iba en dirección a su casa, no, iba ... no sabia donde iba, solo andaba. Caminaba y disfrutaba de las dulces gotas mojando la piel de su cara, empapando sus ropas y humedeciendo todo su cuerpo. Estaba abstraído con el sonido de la música, una música muy tierna, muy dulce, una melodía que le llegaba al fondo del alma. Se sentía hechizado, ni siquiera era capaz de pararse a pensar. Sus pies seguían andando llevándole a algún lugar sin saber donde le querían guiar.

Continuó deambulando, cada vez con menos voluntad, más ensimismado con la lluvia y su sonido, paulatinamente menos consciente de si mismo.

Llegó a una pequeña montaña muy frondosa y totalmente resplandeciente de vida. Los árboles, las plantas, las flores, parecían estar colocados con un perfecto orden y sincronismo. Era como un pequeño paraíso.

De pronto algo maravilloso sucedió: un espectacular arco iris apareció delante de sus ojos. ¡Dios, que bello era! con sus siete perfectos y espectaculares colores claramente diferenciados. Parecía que los acabasen de pintar en un cuadro, eran brillantes y muy compactos. Aquello le llamó la atención, no parecía un arco iris normal, no eran tonos translucidos, eran sólidos. También es cierto que jamás había visto este fenómeno tan de cerca, tal vez fuese algo normal.

Se acercó al lugar donde parecía nacer, despacio y sin prisa alguna, como si todo el tiempo del mundo estuviese en sus manos. Mientras andaba pensaba que sería increíble poder acariciarlo aunque no lo consideraba lógico.

 —No es un elemento que se pueda tocar sino  una refracción de los rayos del sol en las gotas de lluvia. Pero aun así sería maravilloso. —decía para sí.

 Caminaba y observaba su alrededor. Era hermoso pero tenia algo diferente y no acertaba a saber que podía ser. Las copas de los árboles eran muy verdes, de un verde muy vivo así como sus troncos se apreciaban de un marrón impoluto; los colores de las flores eran increíblemente hermosos.

Escuchó algo por encima de su cabeza y levantó la vista. Era un pájaro, pero era de color añil. No sabia que existiesen pájaros de ese color además tan homogéneo, no tenia tonalidades ni mezclas con otros colores. Parecía que le acabasen de sacar de un cubo lleno de pintura.

 —Que raro —pensó

 Pero su asombro fue mayor cuando, siguiendo el vuelo de otro animal de tonos rojizos que por allí revoloteaba lo vio atravesar el arco iris y al salir ¡era distinto¡. Ahora su plumaje era rojo, un rojo increíblemente vivo y puro, un rojo como... como el del arco iris. Y vio más aves, todas ellas con los colores como recién pintados, perfectamente definidos. Y comenzó a ver más animales –ardillas, conejos, ratones...- pero absolutamente todos ellos estaban igual que si les acabasen de vestir con sus mejores galas, llenos de luz y color

Llegó al nacimiento de tan hermoso evento, de ese arco iris que tanto le fascinaba y con miedo pero con insaciable curiosidad, decidió tocarlo. Era tan bello que no pudo resistirse. Lo acarició con su mano y sintió como le absorbía la estela de colores.

 —¡Dios, no, no, que alguien me ayude, por favor! —gritaba.

 Sentía como sus pies se despegaban del suelo y comenzaba a subir y subir, a ascender por él como si de una cinta transportadora se tratase. Intentaba encontrar algo y cogerse a ello con todas sus fuerzas para detener la ascensión, pero no había nada a lo que aferrarse. Sus brazos trataban de desprenderse del cuerpo sintiendo un dolor muy agudo que le recorría toda la columna como una descarga eléctrica. Seguía flotando y elevándose. Él, con una locura incontrolada, agitaba sus piernas como si con ello pudiese caminar en el aire, pretendiendo encontrar algún punto de apoyo y así alejarse de allí. Se sentía flotar con una anormal sensación de ingravidez, estaba horrorizado a la vez que absorto por lo que le estaba sucediendo.

De repente la ascensión se detuvo. Se encontraba en el punto más elevado de aquel arco gigantesco.

 —Tengo que irme de aquí

 Acto seguido, trato de correr para alejarse de allí pero ¿cómo? ¿a dónde?. Se encontraba a kilómetros de altura, sobre una estela de colores compuesta por ¡vapor de agua!. Si eso ya de por sí era algo inconcebible ¿cómo plantearse la huida?. Pensó en dejarse caer y deslizarse hasta el suelo donde antes se encontraba, ya pensaría luego como conseguiría tomar contacto con la madre tierra sin que ésta le matase por el impacto. Se inclinó, apoyando sus manos sudorosas y temblorosas en los colores rojo y verde, comprobando absorto que éstas no traspasaban el arco iris, sino que por el contrario, tomaban contacto igual que al apoyarse en una superficie sólida. Lentamente pero con decisión, se agachó hasta sentarse, deseoso de que lo que pretendía hacer, diese resultado. Estiró las piernas y trató de impulsarse en dirección descendente.

 —No es posible, no consigo resbalar ¡tengo que moverme, tengo que salir! —gritó.

 No logró moverse ni un ápice del lugar en el cual se hallaba. Invadido por el pánico a lo desconocido, se puso en pie de un salto y trató de correr. Correr y dejar atrás aquella pesadilla, escapar y volver a su monotonía habitual. ¡El suelo se deslizaba bajo sus pies, no conseguía avanzar!. Hastiado ya, renunció a la idea de escapar y trató de pensar por qué se encontraba allí.

Miró a su alrededor y solo veía paz, tranquilidad, belleza. Transcurrió algún tiempo, no supo cuanto –para él una eternidad- y vio aparecer un hombre andando por encima de las estelas. Se acercaba lentamente pero con un aire de seguridad y serenidad que le hacía sentirse embriagado.

Mientras se aproximaba – con una tranquilidad pasmosa- pensó un millón de cosas:

 —Bueno, está claro, esto es un sueño aunque ¡parece muy real! Pero.... si yo me he levantado esta mañana con un frío increíble, salí de casa, llegué hasta la oficina, donde no había nadie,  y  regresé de nuevo a casa. Todo lo siento demasiado real como para que esto sea un sueño –trataba de racionalizar lo que estaba ocurriendo. ¿Y si no es un sueño? ¿y si todo es verdad?. No, es imposible ¡Por Dios! Soy científico y todo esto es científicamente imposible. No logró comprender que está ocurriendo pero seguro que hay una explicación coherente. 

El hombre se encontraba ya a escasos metros de él, con la mirada fija en sus pupilas, observándole de arriba abajo igual que si no diera crédito a estar junto a otro ser humano.

Al llegar le tendió la mano como dándole la bienvenida. Era canoso y parecía triste y agotado a la par que feliz –una dualidad que no llegaba a entender.

 —Hola —dijo

 —Hola —respondió él

 Pasaron largo rato mirándose tratando de averiguar que había en la mente del otro. De pronto aquel hombre comenzó a hablar:

 —Llevo diez años encerrado en esta prisión pero ahora ¡ya soy libre, ya me puedo ir! Todo este tiempo esperaba que alguien apareciera por aquí pero casi había perdido toda esperanza. Eras nuevo en el pueblo ¿verdad?. Sí, seguro, ya que sino no estarías conmigo aquí arriba. Yo también fui recién llegado y, exactamente igual que a ti, nadie me habló de la “maldición” que encerraba este dulce pueblo, nadie cuenta nada. Todos lo saben y actúan en consecuencia, es decir, no salen a la calle para no arriesgarse a dejarse llevar por el embrujo del arco iris. Son gente maravillosa, pero muy perversos por no avisar a los que llegan por primera vez a su tierra. He perdido diez años de mi vida como guardián, dando color a todo lo que existe en este planeta. Sí, perdido, porque yo no quería estar aquí, aunque alguien tenia que hacerlo pero yo no quería ser guardián. Cuando el arco iris te atrapa, ya no te deja escapar, no se puede quedar solo, se moriría. Siempre tiene que haber alguien con él. Realmente es un trabajo muy hermoso pero solitario y agotador, nadie te ayuda y no puedes irte de esta cárcel si no viene alguien a sustituirte. Ahora te toca a ti, yo ya he hecho mi trabajo y me voy. Intentaré recuperar los años de vida que esto me ha robado.

 Ni siquiera podía articular palabra para replicar, para preguntar, para ¡GRITAR!

El guardián de pelo blanco, le dio algo así como una brocha. Era muy extraña, ya que las cerdas no tenían color alguno, pero pintaban lo que tocaban del color que les correspondía.

Después, el ex-guardián, cansado pero libre al fin, se marcho, deslizándose estelas abajo, hasta llegar a suelo firme y correr hacia el pueblo, alejándose tan rápido como pudo de aquel precioso pero maldito arco iris, dejándole a él al cargo de los colores del mundo.