DING DONG

       ¡Ding, Dong! Llamaron a la puerta.

 

Levantó la mirada del escritorio sobresaltado. Estaba tan concentrado en su investigación que le asustó el tintinear del timbre.

Rápidamente, guardó todos los papeles y anotaciones que tenía sobre la mesa en el primer cajón que tenía a mano, se colocó la camisa por dentro del pantalón y fue hacia la puerta, apartando violentamente con los pies todo lo que se encontraba en su camino: papeles, revistas, la ropa de hacia varios días, botes de cerveza, coca-cola... Tenía la casa completamente desordenada.

Al llegar, miró a través de la mirilla.

— ¡Será posible! Levantarme para nada. Hay gente que no sabe que hacer para molestar —exclamó en tono algo molesto.

No había nadie al otro lado. Obsesionado con el tema que llevaba entre manos, volvió a su despacho, pensando quien habría llamado a la puerta.

— Bueno, algún gracioso que no tiene otra cosa mejor con que pasar el rato —se dijo.

Sacó todos los cuadernos y apuntes que había metido precipitadamente en el cajón, bebió un trago de café y volvió a enfrascarse en sus indagaciones.

— Esto lo he revisado cientos de veces, ya no sé que más puedo hacer. Un momento, a ver si interrelacionando estos dos esquemas pudiese...

 

¡Ding Dong! La puerta otra vez.

 

— Dios, no voy a poder hacer nada hoy —dijo, bastante indignado con quien quiera que llamase de nuevo.

Por segunda vez, escondió todo aquello y caminó torpemente hacia la entrada. El rellano estaba vacío, igual que antes.

Se sintió algo inquieto, ya se contaban por dos las veces que llamaban y nadie estaba al otro lado. Pensativo, se dirigió a su mesa.

Tras amontonarlo todo de nuevo en su escritorio, trató de seguir con el razonamiento que, momentos antes, la segunda llamada había interrumpido. No pudo concentrarse. El caso es que ya llevaba dos meses tratando de averiguar su significado y no lograba llegar a ninguna conclusión satisfactoria. Para colmo, comenzaba a sentirse inquieto con tanto “Ding Dong” sin respuesta y no conseguía enlazar bien las ideas que deambulaban por su mente.

 

“¡Ding Dong!”

 

Ahora ya no sabía si debía ir o si tal vez no era prudente. Decidió acercarse, levantándose lentamente, sin  hacer ruido. Dejó todo sobre su mesa y sigilosamente se dirigió a la puerta. Apoyó su cabeza en ella y escuchó. No se oía nada. Miró por la mirilla y no vio a nadie.

Comenzó a sentirse realmente preocupado, no entendía nada. ¿Por qué le estaban haciendo esto precisamente a él? ¿Quién quería poner a prueba sus nervios, él que jamás se alteraba por nada ? ¿Por qué no le dejaban en paz?

      Se fue de nuevo hacia el despacho, apartando botellas, papeles arrugados y demás elementos esparcidos por doquier. Ahora solo los desplazaba de su camino, estaba enfrascado pensando en el “llamador de puertas”.

Ya no conseguía concentrarse en nada, solo miraba todo el desorden que reinaba encima de su mesa. Trataba de aprovechar el tiempo, pero su mente daba vueltas sobre la anónima identidad de quien había llamado. Pasaron unos quince minutos y poco a poco, fue sacando de su cabeza aquella inquietud que no le dejaba pensar.

— Venga, va, seguro que no tenía importancia. —se dijo, y retomó su investigación.

 

“¡Ding Dong!”, de nuevo.

 

Se incorporó de un salto. Pensó coger la pistola que su padre le legó.

Era un arma antigua, de la guerra civil. Su padre luchó en el frente durante mucho tiempo, siempre encabezando las revueltas. Igual le ocurría a él, que estaba siempre como cabecilla en todo aquello que reivindicase derechos no cumplidos por parte de los “mandamases”. Le tenía un cariño muy especial a la pistola, no solo por ser de su padre, sino por todo lo que representaba: ”Defender los derechos, luchar por la verdad”.

Pero cambió de opinión, no era una persona violenta, no quería perder los estribos y utilizarla en un momento de enajenación.

Llegó a la entrada y volvió a apoyar la cabeza en la puerta. De nuevo, no oyó nada. Al observar por la mirilla, le pareció ver una silueta que se alejaba, pero... podía ser un efecto óptico provocado por el atardecer, un juego de luces, un engaño de sombras. Se alejó sigilosamente, como si hubiese alguien al otro lado, alguien que no alcanzaba a ver, alguien escondido en la oscuridad de la penumbra, alguien que le hacía sentir escalofríos y un sudor frío recorriendo todo su cuerpo.

Hastiado ya de no conseguir avanzar en su investigación, decidió que, al menos, debería descansar para reponer fuerzas y, tal vez, continuar más tarde. Se dirigió a la cocina y abrió el frigorífico. Estaba vacío. Llevaba una semana sin salir de casa, encerrado en su despacho, y no había repuesto existencias. Miró en la despensa y solo encontró un paquete de galletas abierto, dos magdalenas enmohecidas y un brick de leche abierto y estropeado. No tenía nada que pudiera considerar comida y bueno... lo cierto es que ahora no se atrevía a salir de casa, sentía cierto reparo por lo que pudiera encontrarse al otro lado de la puerta. Pero debía comer algo, desde el día anterior lo único que había tomado eran litros y litros de café, que por cierto también se le estaba agotando.

Tenía que hacer algo, pero... ¿Salir? ¡Ni pensarlo!.

Tratando de resolver aquella situación, deambulaba por la casa, apartando todo lo que había ido dejando por medio en esa semana de encierro: dos jerséis, el pijama, libros, anotaciones en cualquier papel que tuviese a mano, envoltorios de chocolatinas, paquetes vacíos de macarrones, propaganda...

— ¡Propaganda! Juraría que vi alguna de comidas a domicilio. Será posible ¿Dónde estará?  Seguro que estaba por aquí —pensó, y comenzó a revolver todos los papeles que había por la habitación.

Al final, debajo del sofá, encontró la publicidad de un restaurante árabe que rezaba: “Servicio a domicilio, en menos de quince minutos”, y pensó que estaría bien deleitarse con algo exótico, habida cuenta que además no tenía elección.

Descolgó el auricular y ...¡No había línea! ¿Cómo era posible? Colgó y volvió a intentarlo. De nuevo el silencio atronó su mente y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Comenzó a sentirse realmente inquieto: llaman a la puerta y no ve a nadie; no hay línea de teléfono... ¿Tratará alguien de hacerle perder la poca cordura que le queda?

Mientras pensaba en todo lo que estaba ocurriendo, engullía las galletas que encontró en la alacena. Estaban revenidas y no eran sus preferidas pero... llevaba dos días sin probar bocado.

Pensó que, tal vez, la compañía telefónica hubiese tenido algún problema en la zona y estuviese anulada la línea momentáneamente, aunque eso no le convencía. Llevaba muchos años viviendo allí y jamás había ocurrido nada similar.

Sentía que le iba a estallar la cabeza de dar vueltas a hechos sin explicación. Decidió descansar un poco de tanto ajetreo mental y se dirigió al comedor. Se acomodó en el sofá, con un libro a medio leer, “Olvidado Rey Gudú”, y un vaso de whisky en la mesita. Solo le faltaba la música ambiental, su música preferida, el grandísimo Mozart. Cogió el mando a distancia y...

— Maldita sea, ¿qué le pasa ahora a esto? —gritó

Dejó el libro, apartó la mesa y se levantó indignado. Hoy todo le salía mal. Se acercó a la torre y vio que estaba conectada a la red eléctrica. Se quedó algo pensativo y comprobó otros aparatos con incredulidad. La televisión no funcionaba, el video tampoco,... se encaminó a la cocina..., el frigorífico estaba apagado, el microondas no se encendía... nada funcionaba.

— ¡Dios! ¿Qué está pasando?

Comprobó los diferenciales situados en el pasillo de la entrada y... estaban bien ¡Le habían cortado el suministro eléctrico!

Cada vez más excitado, trataba de racionalizar los hechos mientras vagaba por toda la casa, de un lado a otro, intentando pensar...

 

¡Toc, Toc, Toc! Llamaron de nuevo a la puerta

 

Pero esta vez la aporrearon con las manos, conscientes de que no sonaría el carillón. Ni siquiera se atrevió a acercarse, se quedó inmóvil, casi sin respirar para no ser oído.

—¿Cómo puede saber que no hay luz? ¿Será él quien me ha cortado toda comunicación con el exterior? Sí, tiene que serlo, sino no comprendo como es consciente de que no sonaría el timbre. ¿Qué querrá de mi? ¿Qué le he hecho? ¿Qué pretende? —pensó

La curiosidad pudo con él y pasados diez minutos, fue hacia la entrada. No había nadie al otro lado pero había un sobre bajo la puerta. Lo recogió y se dirigió al salón, mirando a sus espaldas, temeroso de estar siendo observado, seguido,... espiado.

Se sentó tras su escritorio y apartó las anotaciones que tenía amontonadas para dejar un hueco a tan misteriosa misiva. Antes de decidirse a abrirla, trató de adivinar su contenido.

— ¿Tendrá algo que ver con mis indagaciones?, seguro —se dijo, y comenzó a recordar cuando comenzó todo.

 

El día veintiocho de diciembre, hace casi dos meses, al llegar a su edificio y abrir el buzón, se encontró un paquete. No tenía remitente ni matasellos. Como era el día de los inocentes pensó que sería alguna broma de cualquiera de sus amigos y no le dio importancia. Lo cogió y entró en casa. Cambió su traje de chaqueta por ropa más confortable, eligió algo de su compositor preferido y se sirvió un whisky (como era costumbre en él, para relajarse después de un día de trabajo). Sentado ya en su sillón inglés, se dispuso a abrir el curioso paquete.

Su forma era regular, perfectamente envuelto en papel de estraza y fijado con celofán corriente. No había absolutamente nada escrito en dicha envoltura, ni siquiera su nombre como destinatario pero bueno, alguien lo había dejado en su buzón.

Sin prisa alguna pero con creciente curiosidad, comenzó a desenvolver aquel intrigante envío.

Despegó suavemente los trozos de celo que sellaban los extremos del papel, como si pretendiera no dañar el envoltorio, para lentamente ir retirando aquello que impedía ver que había en su interior. Para su sorpresa, encontró una segunda capa que lo envolvía, esas llenas de burbujas de aire de la que tanto le gustaba explotar. Pero en esta ocasión no se deleitó con ello, simplemente la retiró, ya que su curiosidad aumentaba exponencialmente.

El espesor del objeto en cuestión se redujo a menos de la mitad tras la eliminación de las capas que el remitente anónimo había considerado conveniente superponer. Bajo todas aquellas envolturas encontró un compact disk con una carátula que decía: “TÚ”

Intrigado, se dirigió a su ordenador e insertó el CD en el lector. Al abrir la unidad en cuestión, había un archivo con su nombre, el cual trató de ejecutar, pero no pudo, tenía la extensión “.cad” y no conocía que tipo de elemento era ese. Intrigado, telefoneó a Joaquín, su compañero de trabajo. Ambos eran secretarios en una empresa de informática y Joaquín era muy aficionado al mundo de los ordenadores, era su hobby.

—Seguro que sabe que tipo de archivo es.

Tras mantener una conversación harto intrascendente, le preguntó, sin darle importancia alguna, sobre la extensión en cuestión y éste le respondió que era un archivo de un programa muy específico, un programa técnico y que para que le hacía falta algo así. Le respondió que era solo curiosidad, solo eso. Joaquín le dijo que se trataba de un elemento creado con un programa de diseño, el Autocad, pero que era muy complicado de manejar. Le dio las gracias y se despidió con varias frases de nuevo irrelevantes, con el fin de quitar importancia al motivo real de la llamada.

Se quedó pensativo, sin comprender que podría ser aquello y por qué se lo mandaban a él, ya que eso ahora sí que estaba fuera de toda duda: el archivo llevaba su nombre.

Lo peor era no poder verlo en ese preciso instante, tendría que conseguir el programa que lo pudiese abrir, ese Autocad o como quiera que se llamase.

—Bueno, mañana le preguntaré a Joaquín quien puede tenerlo y dejármelo con una excusa cualquiera, no sé, que... mi vecina me lo ha pedido para un trabajo que debe hacer o cualquier otra cosa, yo que sé. —pensó

Ya era muy tarde, cerca de las doce de la noche y al día siguiente madrugaba, como de costumbre. Con tanta excitación se había olvidado de cenar y como ya no era hora de ponerse a cocinar, se tomó un vaso de leche, un trozo de tarta de manzana que compró el día anterior y se fue a dormir.

Pasó toda la noche soñando con el regalito en cuestión y cuando sonó el despertador, sobresaltado se levantó de un salto, se arregló corriendo y salió hacia la oficina. Al entrar en el bar donde tomaba café antes de comenzar la jornada, Joaquín aún no había llegado.

—Buff, normal, he llegado media hora antes que ningún día. Tomaré un buen desayuno mientras le espero —se dijo.

Pidió un café con leche, un par de tostadas con mantequilla y mermelada y un zumo de naranja, puesto que ni siquiera había desayunado en casa con las prisas. Seguía dándole vueltas al paquete recibido el día anterior, no podía quitárselo de la mente. Al pasar un rato, una eternidad para él, sobre las siete y media, llegó su amigo. Él estaba deseoso de preguntarle quién podría dejarle aquel programa pero no encontraba como hacerlo para que no le hiciera más preguntas de las debidas. Comenzaron a hablar del tiempo, de las noticias de la noche anterior... de cientos de cosas a las que él no prestaba la menor atención. Y vio la ocasión para interrogarle.

—Oye, a propósito del tema de los avances en ordenadores que comentaron ayer en el telediario, el programa ese de diseño que me dijiste ¿sabes quién puede tenerlo? Es que estaría bien poder ver como funciona y que hace manejado por alguien que lo entienda, claro. —preguntó quitándole toda la importancia que pudo.

Joaquín, sin prestar demasiada atención a lo extraño de la pregunta, le respondió que su compañero de piso lo tenía, ya que era arquitecto y lo usaba para desarrollar su trabajo. Le explicó que tenía ese y otros muchos y que podría encontrarle en casa por las mañanas, ya que se sentaba detrás de la computadora y no se levantaba hasta la hora de comer.

En ese momento pensó que excusa podría idear para no ir a trabajar esa mañana. Mientras hablaban de cualquier cosa intranscendente, iba maquinando el motivo de su ausencia. De repente mostró encontrarse muy enfermo, dijo que el desayuno le había sentado mal y que le disculpara en la oficina. Se iba a casa a descansar, no se sentía bien. Joaquín se ofreció para acompañarle, pero le dijo que no era necesario.

      Salió del bar, paro un taxi y... conseguido, excusa perfecta. Dio las indicaciones necesarias para llegar a casa de su compañero, mientras iba pensando como conseguir el programa sin dar demasiadas explicaciones. Al llegar, tras bajar del taxi y abonar la carrera al conductor, se dirigió al portal, pensando en como presentarse.

      — Hola, buenos días. Soy un compañero de Joaquín y necesitaría hablar contigo acerca de tu trabajo ¿Puedes atenderme? —dijo a través del portero automático.

      Le abrió la entrada del portal, diciéndole que estaba en la 4º planta. Se dirigió  hacia allí y al llegar, el Arquitecto le esperaba en la puerta. Le hizo pasar amablemente y le ofreció algo de beber. Tras una corta presentación, le explicó el motivo por el cual había ido a verle.

      —... bueno, el caso es que tengo que ver un archivo con extensión “.cad” que me han dejado y yo no tengo ese programa ¿Me lo podrías dejar y te lo devuelvo, no sé, mañana mismo? —dijo, sin saber como iba a resultar aquello.

      Muy amablemente, se ofreció a darle una copia del susodicho programa sin pedir más explicaciones, e incluso se ofreció a mostrarle el funcionamiento básico del mismo.

      Tras una larga charla en la que intercambiaron bromas, anécdotas y curiosidades tanto personales como de trabajo, se despidió agradeciéndole la ayuda prestada.

      Serían cerca de las dos de la tarde cuando salió de allí dispuesto a ir a su casa y enfrascarse con aquello que tanto le intrigaba. Pasó por un local de comidas preparadas y compró ensalada, chuletas y un flan, caminó calle arriba con tal rapidez y concentración que ni siquiera se dio cuenta que su vecina le saludó efusivamente, como siempre que se cruzaban en la calle, en el portal, en el ascensor... en cualquier sitio.

     Subió precipitadamente a su apartamento, dirigiéndose directamente al despacho, encendió el computador y se dispuso a instalar aquella maravilla regalada por alguien a quien hacia seis horas habría calificado de desconocido. Mientras el programa era reconocido, se dirigió a la cocina para preparar la comida, sacó unos platos y volcó en ellos el contenido de los recipientes de plástico en los que venía servido. Lo puso todo en  una bandeja y fue de nuevo hacia el escritorio. Aquello ya estaba preparado para darle la información que él ansiaba conocer.      Abrió el archivo que había motivado todo aquel ajetreo y para su sorpresa era un plano, simplemente eso.

      —¿Qué significa esto? ¿Para qué necesito yo un plano de...de donde?       No lo pone, solo se ve una casa –si es que es una casa y no un almacén, una tienda, ...- ni siquiera está alguna de las calles que la puedan rodear, a no ser que esté en medio del campo. No tiene ningún sentido, será de algún bromista sin gracia alguna, desde luego.

      Y cerró el archivo, apagó el ordenador y se dirigió al comedor. Ya eran las seis de la tarde, no se había acordado de comer y ya no eran horas de una ensalada, chuletas y flan, por lo que guardó todo aquello en el frigorífico, se sirvió un whisky y se acomodó en el sofá mientras escuchaba algo de música.

      Se quedó dormido casi inmediatamente y su mente le llevó a un lugar muy extraño. Se encontraba dentro de una habitación que no conseguía situar, totalmente abandonada, las telarañas cubrían las paredes cual cortinas perfectamente tejidas, los muebles estaban dotados de ese color parduzco claro que solo el abandono les consigna, el ambiente era gélido y punzante, había ventanas pero estaban clausuradas con tablones claveteados a los marcos para evitar la apertura de las mismas, solo la iluminaba la tenue luz que conseguía atravesar los entresijos de las lamas mallorquinas carcomidas. Uno de los rayos que conseguía penetrar en tan extraño habitáculo se apreciaba mucho mayor que el resto, dando la sensación de señalar al final de su trayectoria una pieza concreta del mobiliario. Era un aparador de madera maciza hermosamente tallado, situado en una esquina, semioculto bajo unas sábanas ya acartonadas. Se dirigió a él presa de una creciente curiosidad, no sabía por qué pero sentía la necesidad de registrarlo afondo: las puertas, los cajones por dentro y por su parte inferior, la parte trasera del mueble, todo, absolutamente todo y si fuese necesario lo desbarataría completamente hasta hallar... ¿qué tenía que encontrar? No lo sabía, solo intuía que había algo vital para él en aquel lugar. Asió firmemente con la mano derecha el pomo de la primera puerta que decidió inspeccionar y...

      —¡Ringggggggg,  Ringgggggggggg!

      Se despertó súbitamente, tan inesperadamente que no se acordaba que estaba en el sofá y su cuerpo topó con el frío suelo que le rememoró al sueño del cual había salido involuntariamente.

      —¿Sí? ¿Diga?

      Era su jefe, el D. Sebastián Arlington Hernández, preocupándose por él, ya que tampoco había ido a la oficina por la tarde. Le respondió que se encontró indispuesto desde principios de la mañana, pero que ya estaba mejor, mañana iría de nuevo.

 

      El Sr. Arlintong era el dueño de la empresa. Era una persona muy amable y reservada a la vez. Siempre se preocupaba por sus trabajadores y parecía que dispensaba un especial afecto por él. Se le tenía por un solterón empedernido, jamás se supo de ninguna habladuría respecto a alguna dama, persona seria donde las hubiere aunque muy tratable y relativamente afable. Tan solo habían rumores de un romance con una chica italiana, pero aquello databa de hacía treinta años al menos. Estaba ya muy entrado en años y hace poco dio la noticia de que se jubilaría dentro de unos diez meses. Aquello conmocionó a todos los trabajadores, porque al ser él el único dueño y no tener descendencia, pensaban que se iba a cerrar la empresa y más de medio pueblo se quedaría sin trabajo.       Todos comían gracias a él, el cierre de la misma sería una catástrofe.       En caso de no clausurarse, todo indicaba que la empresa pasaría a manos del gestor que llevaba todos los asuntos al Sr. Arlintong, tirano como nadie pudiera concebir y los trabajadores temían que al pasar a sus manos la esclavitud –por llamarlo de algún modo- reinara en el desempeño de sus tareas, incluso se rumoreaba una renovación completa de la plantilla con empleados extranjeros, un desastre al fin y al cabo para todo el pueblo y un gran ingreso económico en las arcas del gestor.

 

      Comenzó a pensar acerca del sueño, sorprendiéndose a sí mismo al darse cuenta que no solo se acordaba la idea general o algunos detalles inconexos como era normal en él, sino que recordaba hasta del más mínimo detalle, como si se tratase de una vivencia, no de un sueño. No era la primera vez que lo tenía, pero sí la primera en que podía relatarlo de principio a fin y no le quiso dar importancia, no creía en premoniciones ni nada que se le pudiera asemejar remotamente. Se fue a dormir.

      Pasó más de diez días con su rutina normal, sin pensar en aquel extraño presente hasta el día que se cruzó con el compañero de Joaquín, que le rememoró aquel plano al que, tal vez, no había prestado atención suficiente.

      Al llegar a casa, lo volvió a abrir y comenzó a mirarlo con más detenimiento. En uno de los habitáculos dibujados, había un cuadrado pequeño con algo escrito dentro, lo amplió y versaba: “Tu pasado, presente y  futuro, la respuesta a tu eterna pregunta. Búscame”.

      —¿Y esto? No sé que significa pero supongo que se refiere a mi, el archivo lleva mi nombre ¿Qué querrá decir con “Tu pasado, presente y Futuro”? Parece que mi admirador anónimo quiere que encuentre algo pero ¿dónde? No hay ni un solo elemento de referencia para saber el edificio, casa, chalet, almacén o lo que pueda ser ese lugar.

      Necesitaba saber que camino seguir para poder avanzar en su investigación, donde conseguir planos de los edificios para compararlos...       Se le ocurrió volver a hablar con el compañero de piso de su amigo y así lo hizo.

      —... y por eso necesito saber donde puedo encontrarlos para tratar de localizar esta casa.

      —Mira, en el Colegio Oficial de Arquitectos tenemos una biblioteca provista con todos los proyectos realizados, unos en formato papel y otros en microfichas, que podrás consultar y si te pusieran alguna pega, diles que me llamen y hablaré con ellos ¿vale?¡Ah! y espera que te digo mi clave de acceso la pagina oficial, que otros planos están en la web.

      Le dio las gracias de nuevo, sintiéndose halagado por su continua amabilidad. Ya era tarde para ir a esa biblioteca y optó por descansar y relajarse el resto de la tarde.

      Desde ese día, todo momento que tenía libre lo aprovechaba para investigar el reto que le había planteado una persona anónimamente sin saber el motivo que la movía a hacerlo. Cierto es que la frase escrita en el plano le hizo volver  pensar en aquella sensación tan extraña que había tenido desde que él conseguía recordar, desde que era muy niño, la certeza de que no pertenecía al lugar y entorno en que vivía, que no era su sitio, pero claro, solo era un sentimiento, sus padres ya difuntos jamás le dieron motivos para pensar que fuera adoptado aunque sus sentimientos le hacían estar confuso. Ahora era posible que todo aquello pudiese empezar a tener cierto sentido o tal vez algún tipo de respuesta, había que ver donde le llevaba aquel plano.

      Todas las tardes se enclaustraba en la biblioteca desde que salía del trabajo hasta las diez de la noche, que cerraban al público. Durante casi dos meses, comprobó todo lo que tenían y no encontraba nada que se le pudiera asemejar, hasta el punto que acabó con toda la documentación que allí había. Ahora tendría que buscar en la web, se iba estrechando el cerco.

 

      Sentado detrás de su computadora, estaba seguro que aquel sobre tenía relación directa con su investigación y se decidió a abrirlo. Solo había una nota: “No sigas por ese camino ó MORIRÁS”

      —Lo sabía, todos los fallos de antes, la luz, el teléfono...  eran provocados, seguro que me estoy acercando demasiado a algo importante. Desde luego no voy a dejarlo ahora. —pensó encolerizado.

      Se decidió a salir, ir a casa de su vecina y pedirle hacer algunas llamadas para tratar de que le arreglasen la luz y el teléfono.

      Tardaron unas dos horas en solucionar el problema, tras lo cual volvió a enfrascarse navegando por la red, como llevaba haciendo desde hacía una semana. En el trabajo había pedido los veinte días que le debían de vacaciones, quería encontrar aquel sitio y averiguar que respuesta encerraba.

      Cada vez le quedaban menos planos por cotejar, tal vez ni siquiera estuviesen en las bases de datos, pero tenía que agotar todas las posibilidades que tuviera a su alcance.  Eran cerca de las tres de la madrugada cuando, agotado decidió irse a dormir, para continuar al día siguiente.

      Tras una noche un tanto agitada, ya que tuvo de nuevo aquel sueño que nunca llegaba a finalizar, se levantó, preparó café bien cargado y se dirigió de nuevo hacia su íntimo amigo en los últimos días, para seguir preguntándole, a ver si hoy había algo más de suerte.

      El cerco cada vez iba siendo menor e inesperadamente, ya que no es que tuviese muchas esperanzas de encontrarlo, halló un plano de distribución que se asemejaba mucho a lo que estaba buscando. Muy excitado, tomó la dirección en que se hallaba, cogió el abrigo y salió de su casa mientras pensaba que ojalá aquel edificio siguiera en pie, puesto que los planos databan de hacía unos setenta y cinco años, muchos más de los que él tenía.

Subió al coche y se dirigió hacia aquel enigmático lugar. No se percató que otro vehículo decidió arrancar en ese mismo momento y seguirle, estaba demasiado entusiasmado con la pronta resolución de aquel misterio como para darse cuenta de nada más.  Al llegar al edificio en cuestión, apreció que estaba abandonado, era una finca antigua muy hermosa, pero los años habían pasado y nadie se preocupó de ir arreglándola, hasta el punto de hacerse inhabitable, estaba casi en ruinas. Entró en ella y comenzó a guiarse según aquel plano anónimo que llegó a sus manos.

      Silenciosamente, alguien le seguía de lejos, escondiéndose tras las esquinas y sin perderle de vista, pero él seguía tan obsesionado con aquello que iba a encontrar y no sabía que sería que ni siquiera escuchaba las pisadas de aquella sombra que rompían el inmutable silencio que allí reinaba, solo perturbado por sus propios pasos y su entrecortada respiración.

      Llegó por fin a la vivienda que teóricamente desvelaría aquel misterio. Abrió lentamente la puerta chirriando tan fuerte que sintió como si estallase algo en sus oídos.  Se dirigió hacía el interior, dejándola abierta tras de sí, dando una facilidad de la que no era consciente a su perseguidor para seguir agazapado a sus espaldas. Mirando todos y cada uno de las habitaciones por las que pasaba, trataba de encontrar un indicio que le indicara sobre que versaba aquello que en algún lugar de la casa estaba esperándole. Cuando entró en el habitáculo donde, según el plano, se debía encontrar su pasado, presente y futuro, lo observó todo con detenimiento, sentía como si algo muy importante le estuviese esperando allí. De repente se dio cuenta que aquella era la habitación con la que él tantas veces había soñado, aquella pesadilla que jamás llego a comprender, repitiéndose una y otra vez y que nunca llegó a concluirse. Se quedó petrificado, no entendía que podía significar esa coincidencia, no alcanzaba a darse cuenta del la trascendental importancia de aquellas divagaciones creadas en su mente durante sus pernoctas. Ya no miraba el plano, solo cotejaba en su mente aquello que ahora era real y tangible con lo que , hasta ese mismo instante, creía una fantasía somnolienta. Estaba todo exactamente igual, la única discordancia  era el estado del mobiliario, se encontraban carcomidos y parecía que se hendirían de un momento a otro. Incluso aquel rayo de luz que recordaba filtrándose por uno de los orificios de la ventana estaba, refulgente, brillante, muriendo en un aparador situado en la pared de enfrente, tal como él lo vio en su vigilia. Exhausto mentalmente solo tenía ganas de acabar con aquel enigma.

      En aquel estruendoso silencio que todo lo envolvía había muchos ruidos sordos, ese tipo de sones que no se sabe de donde vienen y que encuentran el modo de introducirse en quien los percibe hasta límites insospechados, hurgando en el subconsciente hasta que, por ignorancia de su origen, se identifican con sonidos espectrales, consiguiendo de ese modo que el oyente se sienta envuelto por extraños y ajenos halos  que le hacen estar en tensión y experimentar impotencia y aprensión frente a lo desconocido, pero a su vez, llegando a un extremo en que se hace caso omiso de los mismos, porque están ahí y no se pueden eliminar.

      Escuchó un ruido al otro lado de la pared en la que se encontraba, miró tras dar un respingo y como no observó nada anómalo no le dio importancia. La sombra, en su afán por ver todo lo que hacía, había tropezado con un tablón que estaba tirado en el suelo y casi deja de estar en el anonimato por una fracción de segundo, que es lo que tardó en incorporarse y esconderse en la habitación contigua. Contuvo la respiración pero no demoró más de quince segundos en volver a su encomienda.

      Postrado delante del mueble, esperaba tal vez que le explicara por qué se encontraba allí, cual era ese pasado, presente y futuro que encerraba en algún escondido rincón, mientras unos ojos escrutinaban por la puerta entreabierta, acechando, buscando el momento justo para actuar.

      Comenzó a examinar aquel mueble, a abrir todos los cajones y puertas, buscando en su interior aquello que desconocía pero que, alguien anónimo le dijo que hallaría. No encontró nada.

      — ¿Tanto misterio para nada? No es posible, no tiene ningún sentido ¿por qué querría alguien traerme hasta aquí solo por diversión, para mofarse? No, tiene que haber algo, tiene que estar aquí, no se el que, pero ha de estar.

      Encolerizado, comenzó a desbaratar el aparador: rompió los cajones buscando en ellos un doble fondo destrozándolos completamente; despedazó las puertas y tampoco encontró nada. Desesperado, quebró el esqueleto que de ello quedaba en pie y dentro de una de las patas que había sido vaciada por dentro...

      — Lo sabía, tenía que estar, en algún sitio debía haber algo, pero desde luego lo escondieron bien.

      Era una carta, un sobre ya amarillento por el paso de los años, cerrado con lacre rojo, el cual seguía intacto, señal de que aquello continuaba manteniéndose como un documento insólito.

      Aquellos ojos que escudriñaban en las sombras, se inyectaron en sangre al confirmarse el descubrimiento, pero se quedó al acecho, esperando el momento propicio para saltar sobre su víctima.

      Estuvo dudando si abrir allí el sobre o irse a casa y hacerlo junto a un buen vaso de wisky. Decidió guardárselo en la chaqueta, sentarse cómodamente en su sillón y prepararse para lo que aquella carta tuviera que decirle. Se dio la vuelta dirigiéndose a la puerta de la habitación. La sombra se agazapó esperando su presa y lanzándose sobre él cuando lo tuvo en posición. Él, alertado por una extraña sensación, consiguió esquivar a su atacante.       Forcejearon durante varios minutos hasta que, acertó a alcanzar un tablón que yacía cerca de él y le asestó tal golpe que el agresor cayó redondo al suelo. Salió tan rápidamente como sus pies se lo permitieron de aquel lugar, entró en el coche y se dirigió a su casa.

      — Dios, ni siquiera me había dado cuenta que me seguían. Desde luego debe ser algo importante cuando han intentado arrebatármelo de este modo.

 

      Iba mirando el retrovisor en cada curva, en cada semáforo, en cada tramo de calle... estaba obsesionado.

 

      Por fin, sentado ya en el sofá tras haber cerrado la puerta con las dos cadenas por simple precaución (o eso prefería pensar), se dispuso a desvelar el secreto que aquello encerraba. Rompió el lacre y dentro encontró un papel amarillento que lentamente desdobló.

 

      Dentro encontró un certificado de nacimiento que apuntaba:

    ¡¡¡  Padre: Sebastián Arlington Hernández

Madre: Daniela Campanelli Rossi

Hijo: Edgar Arlington Campanelli !!!

 

Sin tiempo de reaccionar, sonó el teléfono.

—¿Sí? ¿Diga?

Y al otro lado escuchó la voz entrecortada del Sr. Arlington.

—Bienvenido a la familia, hijo.