EL BILLAR

Recostado en el asiento del tren, disfrutaba de la envolvente lectura que comenzó al inicio de su viaje. Estaba tan absorto que no tenía conciencia del tiempo que había pasado pero sí sabía que había disfrutado cinco vidas diferentes, hermosas y asombrosas y ahora estaba padeciendo la sexta. De pronto observó que era de noche, debía llevar cerca de siete horas embelesado en su mundo y un sonido ronco proveniente de su estómago le devolvió a la realidad. Cerró el libro, marcando el lugar con el billete del trayecto y se dirigió al restaurante para apaciguar aquella molesta sensación.

Solo quedaban un par de mesas libres y ocupando una de ellas, su mente se sumió en los recuerdos del mundo que la falta de alimento le obligó a abandonar. Terminó de engullir la comida como en un suspiro, loco por volver a su departamento y averiguar que ocurría con el enorme péndulo suspendido del techo.

Acallado ya aquel estruendoso alarido interior, se dirigió ansioso a satisfacer los bramidos de su mente, volviendo así a sumergirse en un mundo de sensaciones, un bombardeo de sentimientos que no era capaz de controlar, tan solo experimentar, gozar, amar, llorar, reír, sufrir.

 

     Saciado ya el hambriento ser que en él habitaba, decidió darse un respiro y disfrutar ahora de todo lo que por su ventana veía pasar. Abstraído en este mirar, observó que el mundo comenzaba a desfilar ante él más lento de lo habitual, se estaban deteniendo, parecía que el tren iba a hacer una parada y pensó en dar a sus pulmones algo que no estuviera encerrado entre cuatro paredes.  

Se apeó y paseó por el andén,  escrutando en la oscuridad las tiendas que iluminaban la noche en medio de ningún lugar. Captó su atención una en particular por la candidez que su iluminación desprendía y decidió entrar para averiguar que era lo que le provocaba esa extraña sensación de inquietud. Había bastante sujetos, sencillos sujetos, deambulando entre un inmenso mar de objetos, simples mirones que no eran capaces de ver más allá de aquello que el sentido de la vista les transmitía. En el centro, presidiendo el desfile de todas aquellas formas, se alzaba desafiante una hermosa mesa de billar. Profesaba un indescriptible estremecimiento al fijar su mirada sobre ella, cosa que no alcanzaba a comprender, era una simple mesa de juego, pero notaba algo en el ambiente que... parecía ser el único en percibir. Se dirigió a unos estantes repletos de libros, abstrayéndose con las sensaciones que estos les pudieran ofrecer.

Mientras ojeaba uno de los escritos, sintió una oleada de inefable dolor en todo el cuerpo seguido de unos gritos que resquebrajaban su alma. Se materializó una barahúnda épica en el local, todos querían huir pero las puertas se habían cerrado, estaban atrapados. Parapetado tras una estantería, miraba atónito al centro del local. Allí, sobre la mesa flotaba un cuerpo, aún con vida. Algo lo estaba sacudiéndolo de un lado a otro, del techo a la mesa, de la mesa al techo continuamente, con tal fuerza que le iba rompiendo todas y cada una de las partes de su cuerpo. Todos estaban aterrorizados, no podían salir, tampoco podían socorrer a aquel desdichado. Al fin cayó sobre el verde inmaculado, totalmente descuartizado, la cabeza aplastada por los golpes y todo su cuerpo rasgado por unas zarpas invisibles que se habían ensañado especialmente con su torso. Los gritos eran ensordecedores, trataban de derribar las puertas, de romper los cristales, pero todo era inútil. Hubo unos segundos de silencio, como esperando acontecimientos. Parecía que lo que quiera que fuese aquello se había ido. Con su usual curiosidad, se acercó al tablero, tratando de encontrar una explicación a lo acaecido. 

Estaba bañado en sangre, salpicado con las vísceras de aquel pobre diablo. Súbitamente sintió como algo le elevaba del suelo, primero lentamente, como para que vislumbrase todo aquel gentío desde las alturas y bruscamente comenzó a ser lanzado con violencia inusitada a unas ficticias paredes que rodeaban el billar. Ahora le estaba ocurriendo a él, esa fuerza era infrahumana, no sabía de donde venía, pero le estaba descuartizando. Quería morir, morir para no sentir ese dolor que le cortaba nervio a nervio, músculo a músculo, sentía como le estaban arrebatando el alma.

Repentinamente, se vio. Estaba allí, poseído por un ser incorpóreo, un ente maligno que trataba de arrebatarle el último alo de vida. 

No comprendía nada, se sentía ocupando todo el espacio existente en aquel lugar, como un observador desde lo alto, a la vez que estaba siendo victima material de aquella sanguinaria entidad. No podía hacer nada, le estaba matando y solo podía mirarlo con desesperado horror. A través de los cristales, nada parecía anormal, la gente paseaba por el andén, ni siquiera se percataban de lo que allí dentro estaba ocurriendo, el MAL estaba dentro, donde él se encontraba y le estaba matando. Estaba matando su cuerpo, desmembrando cada parte, seccionando cada vena, cada arteria, apropiándose de su esencia y... él viéndolo desde arriba, desde todos los ángulos de la habitación, sin poder hacer nada por evitarlo. Solo podía sentir terror ante la incapacidad de salvarse a si mismo, a su cuerpo, a su ser; sentir impotencia por no ver a aquel a quien desearía enfrentarse y aniquilar; horror por sentirse morir...  

 

 De repente se despertó, un sudor helado azotaba cada uno de los poros de su piel, y su mente, presa del pánico, no le conseguía ubicar.  

 

Se levantó de la cama intentando apaciguar el horror que sentía. Se arregló, desayunó y se fue a trabajar. No quería volver a soñar.